José Arcos y BazanMaría de los Dolores Arjona y PalavicinoFrancisco Javier Arlegui y SanzMaría Josefa Rodriguez - Zorrila y Idoate

Antonio Santiago Arcos y ArjonaIsabel Petronila Josefa Arlegui y Rodriguez - Zorrilla

Santiago Mariano del Carmen Arcos y Arlegui

f a m i l y
Children with:
Francisca Xaviera De Ugalde y Montt

Siblings:
Domingo Arcos y Arlegui
Antonio Arcos y Arlegui
Francisco Javier Arcos y Arlegui

Children:
Javier Arcos y Ugalde
Santiago Arcos y Ugalde
Santiago Mariano del Carmen Arcos y Arlegui
  • Born: 25 Jul 1822, Santiago de Chile
  • Married to Francisca Xaviera De Ugalde y Montt
  • Married 5 Jan 1885 to Claudia Maneyro
  • Married to Felicite Rosalie Saunier
  • Died: 23 Sep 1874, París
  • Occupation: Gentil Hombre de Su Majestad

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    Santiago Arcos


    Fundador de la Sociedad de la Igualdad
    Santiago Arcos Arlegui: 1822-1874
    Santiago Mariano del Carmen Arcos Arlegui nació el 25 de julio de 1822 en Santiago y fue el cuarto hijo del matrimonio integrado por el español Antonio Santiago de Arcos Arjona y la criolla chilena Isabel Petronila Arlegui Rodríguez.


    Cuando Bernardo O'Higgins abdicó (1823), Antonio Arcos -muy cercano al Libertador- huyó hacia Mendoza, regresando después en busca de su familia y emigrando con ella a París, Francia. Arcos Arlegui se educó en esa ciudad, sin seguir una carrera universitaria, y se convirtó en un autodidacta con amplios conocimientos.

    El joven se embarcó hacia América en 1844 y llegó a Chile en 1848, donde pronto se hizo parte de la sociedad santiaguina. Junto a un grupo de intelectuales, fundó en 1850 la Sociedad de la Igualdad. En este mismo período se casó en forma secreta con Francisca Javiera Ugalde y Montt; de este matrimonio nacieron dos hijos.

    Se suicidó en París el 23 de septiembre de 1874, desesperado por el cáncer que lo afectaba. La miseria parisina cambia su vida

    En medio del lujo hogareño, Santiago Arcos se sorprendió con los barrios pobres de París y la miseria en que vivían miles de hombres, mujeres, y niños que pese a su corta edad debían trabajar. Hacia 1840 comenzó a frecuentar grupos socialistas y a los 21 años se convirtió en un decidido propagador de estas ideas. Se dio cuenta de que la Revolución Industrial que tanto saludaban los burgueses como su padre, a la vuelta de unos años provocaría también una revolución social. Esta realidad pronto lo puso en contra de su progenitor, por lo que abandonó su casa a los 25 años de edad.

    En 1845 conoció a Francisco Bilbao cuando este llegó a París, e intentó acercar al chileno a las ideas socialistas. Sin embargo, Bilbao prefirió estudiar los fundamentos del cristianismo con Edgard Quinet.

    Centro de la atención santiaguina
    Cuando Santiago Arcos anunció que viajaba a Chile, fue apoyado económicamente por su familia, quizás para que a los parientes santiaguinos de los Arcos Arlegui no les pareciese que les había ido mal en Europa.

    Se embarcó en Inglaterra rumbo a América en agosto de 1844. En New York, Estados Unidos, conoció a Domingo Faustino Sarmiento, con quien vino hasta Chile, llegando a Valparaíso el 24 de febrero de 1848.

    Tras arribar a Santiago el 1 de marzo, pronto se convirtió en el centro de las tertulias capitalinas. En septiembre realizó un viaje a las pampas argentinas, aventura que publicó enero de 1849 en la Revista de Santiago bajo el título de Cuentos de Tierra Adentro o Extracto de las Apuntes de un Viajero.

    Difunde sus ideas en Chile
    Siendo acaso el primero en hablar de socialismo en el Club de la Reforma y espantar a los patriarcas liberales con ideas sobre los derechos del pueblo, a Santiago Arcos pronto se le acabaron las invitaciones a las casas de la elite. Más aún cuando su familia regresó a Chile luego de la revolución en Francia, y estableció el Banco de Chile de Arcos y Cía., en octubre de 1849.

    El oscuro pasado de su padre -quien era considerado un personaje no confiable por negocios anteriores poco claros en el país- hizo fracasar la empresa. Así, mientras el padre creaba la primera organización de crédito en Chile, el hijo pensaba en crear una organización socialista con los obreros.

    Por los derechos del pueblo
    Bajo los modelos europeos de alianza, Arcos esperaba formar un grupo con los artesanos, por lo cual se contactó con estos a través de Eusebio Lillo y José Zapiola, quienes habían trabajado en ambientes populares.

    El objetivo era crear una organización controlada por artesanos, destinada a educar al pueblo y crear conciencia en él de sus derechos a un mejor salario, trato y habitaciones dignas, entre otras aspiraciones.

    En enero de 1850, con la llegada de Francisco Bilbao desde Europa, se dio el último impulso a este nuevo referente, constituyéndose la Sociedad de la Igualdad a finales de marzo de ese año. Sus pricipales integrantes fueron: Santiago Arcos, Francisco Bilbao, Eusebio Lillo, José Zapiola, el artesano sombrerero Ambrosio Larrecheda, los sastres Cecilio Cerda y Rudecindo Rojas, Manuel Guerrero y Francisco Prado Aldunate, el obrero Mondaca y el ex oficial Luciano Piña Borcosqui.

    La primera sesión
    La Sociedad se instaló en los salones de la filarmónica, casa de Mariano Ariztía, en la calle San Antonio esquina Catedral. En la primera sesión oficial fueron aprobados los reglamentos y estatutos, redactados por Arcos y Zapiola. También, fueron aprobados tres principios que propuso Bilbao: reconocer la soberanía de la razón como autoridad de autoridades, la soberanía del pueblo como base de toda política, y el amor y fraternidad universal como vida moral.
    Luciano Piña propuso el nombre de la Sociedad y que sus integrantes se llamaran entre sí ciudadanos. La junta directiva estuvo compuesta por Lillo como presidente; Guerrero, vicepresidente; Bilbao, secretario; Zapiola, segundo secretario; y Arcos, Larracheda, Prado y Cerda directores.

    Organización y periódico
    La Sociedad se organizó en grupos. De aquellos que se conformaron se conservan pocos datos, pero se sabe que el número 6 estuvo presidido por Arcos y tuvo de secretario al joven Benjamín Vicuña Mackenna. En abril de 1850 se contaban 7 u 8 grupos, con 200 socios aproximadamente.

    Además, se imprimió el periódico El Amigo de Pueblo, que levantó gran polémica entre los liberales y el gobierno, por su decidida oposición al candidato presidencial Manuel Montt, y por sus ideas de educación del pueblo. En él, Arcos escribió el 16 de abril: "¡Ha llegado el momento en que la clase obrera adquiera conciencia de su poder...!".

    Rechazo y decepción
    Las reacciones a la radicalidad de los discursos de Arcos no partieron desde el gobierno, sino desde el interior de la misma Sociedad. Otros de sus integrantes comenzaron a responder a los artículos de Arcos en el periódico, frenando la posibilidad de una revolución como este lo propugnaba.

    Se buscó apartar a Arcos de la directiva de la Sociedad y este hizo un último esfuerzo por redirigir la organización, que lentamente estaba siendo dominada por los liberales del ex Club de la Reforma, desplazando a los artesanos. Sus esfuerzos fueron en vano. Fue así como para Arcos, la Sociedad fue perdiendo sus objetivos iniciales de educación del pueblo en sus derechos, y se había convertido en centro de reunión solo para atacar la candidatura presidencial de Manuel Montt.

    El gobierno disuelve la organización
    Alejado de la directiva de la Sociedad, Santiago Arcos se dedicó a redactar un folleto titulado La Contribución y la Recaudación, en el cual propuso una nueva ley de impuestos, fruto de sus influencias intelectuales europeas.

    En tanto, el gobierno solo esperaba una excusa para intervenir y disolver a la Sociedad, y esta se presentó en noviembre de 1850, cuando un motín en San Felipe llevó al gobierno a decretar estado de sitio y disolver la organización apresando a sus directores.

    El destierro
    Ante la actitud de las autoridades Arcos se escondió, pero finalmente fue detenido el 23 de noviembre, tras ser delatado por una mujer. Se le deportó al Perú, de donde siguió viaje hasta California, Estados Unidos, radicándose allí hasta 1852. Intentó volver a Chile, sin embargo, a su llegada fue encarcelado y expulsado en forma definitiva junto a su esposa e hijos.

    Vivió en Mendoza y luego en Buenos Aires, Argentina, donde enviudó y perdió a uno de sus hijos. Luego de la muerte de su padre, recibió una parte de la herencia que este dejó, lo que le permitió trasladarse a España donde siguió ligado a actividades políticas.







    Santiago Arcos: (1822-1874)



    Santiago Arcos
    Santiago Mariano del Carmen Arcos Arlegui


    Intelectual chileno



    Nació el 25 de julio de 1822 en Santiago en 1822. Fue el cuarto hijo del matrimonio integrado por el banquero español Antonio Santiago de Arcos Arjona y la chilena Isabel Petronila Arlegui Rodríguez. Su padre lo mandó a París para completar su formación. Allí vivió el ambiente revolucionario que se dio en Francia durante 1848, interesándose por los socialistas utópicos, convirtiéndose en uno de sus principales promotores. Cuando regresa a Chile, ingresó en el Club de la Reforma, conocido también como 'de la Patagua', donde conoció a Francisco Bilbao, con quien fundó La Sociedad de la Igualdad. Autor del libro Sociabilidad chilena, en el que criticaba al clero y a la Iglesia. En noviembre de 1850 fue desterrado a Perú, regresó a Chile dos años después. Nuevamente se le destierra y se dirige a Argentina, donde se hizo partícipe de las luchas políticas internas de ese país. Se radicó en París, y publicó el libro La Plata, relativo a la historia argentina. Se suicidó en la capital francesa, el 23 de septiembre de 1874.

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    Cartas de Santiago Arcos
    a
    Domingo F. Sarmiento
    y
    Bartolomé Mitre.
    1861-1874
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    Nota a esta edición:
    Reproducimos diversas cartas de Santiago Arcos a Domingo Faustino
    Sarmiento y Bartolomé Mitre comprendidas entre los años 1861-1874.
    La mayoría de los originales se encuentran en el Museo Histórico
    Sarmiento, a lo que alude la sigla M.H.S. que aparece al pié de los textos.
    Reproducimos también la necrológica de Sarmiento a Arcos, una de sus
    cartas y dos de Mitre.
    La ortografía ha sido modernizada.
    La tarea ha sido realizada gracias al aporte del Fondo Metropolitano de
    las Artes y las Ciencias.
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    Copyright 2007
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    Chivilcoy, enero 10 de 1861
    Mi querido Sarmiento.
    Está visto que yo no debo pensar en ganar pesos. J' y ai décidément la main
    aussi malheureuse que vous. Cáspita amigo con su amigo Jardel.
    Hace hoy 8 días que me tiene embromado, primero con los peones, después
    los caballos, cada día es mentira nueva, nueva embrolla; hasta ahora no he
    podido conseguir se mueva para hacer lo que aquí hemos venido a hacer. Me
    he decidido por fin a principiar solo. No para hacer el trabajo de mensura —que
    sería negocio de 40 o 50 días cuando más pues con semejante pillo no se
    puede andar acollarado— pero para demostrar a Ud. de una manera práctica
    qué laya de bicho es su protegido. Pero vamos a lo que me hace hablar a Ud.
    de esta inmundicia. Son de tal naturaleza las trampas que aquí ha hecho y me
    he formado tan alta idea de su audacia para mentir, que estoy temiendo que
    este bribón vaya a hacer una de las suyas y quiera disculparse conmigo, así
    amigo, no le paguen ustedes ni un cobre sobre mensuras hasta que yo regrese
    y con esta facilísima precaución desbaratan cualquier calaverada que este
    mozo intente hacer.
    ¡Sarmiento! Dejémonos de despreocupaciones. Este su amigo Jardel nació
    Peluquero. Lo han sacado Uds. de su casilla y le han hecho un gravísimo mal.
    Si en esta tierra hubiese justicia el negocio de Chivilcoy le costaría caro a
    Jardel que por otra parte acabará mal si no se enmienda. Si hubiese seguido
    su vocación natural tendría su perfumería muy bien arreglada. Lo pasaría muy
    bien y sobre todo no me habría hecho venir a Chivilcoy, en donde me ha hecho
    rabiar y perder con hoy 9 días, que hubiesen bastado para hacer más que lo
    que ha hecho en 3 años.
    Así amigo hasta mi regreso no le aflojen un solo peso sobre mensuras.
    Su amigo
    Santiago Arcos
    M.H.S. N° 1.314 Carpeta 10
    París, febrero 12 de 1862
    Sr. Don Domingo F. Sarmiento
    Mi querido Sarmiento. ¿Por qué no me ha escrito Ud.? Apenas llegué aquí, le
    escribí pero hasta ahora ni una sola carta de Ud. . No serán los triunfos lo que
    le han impedido hacerlo; estando en California recibí una carta de Ud. escrita
    desde Palermo, anunciándome el triunfo en Caseros y la caída de Rosas.
    La caída de Urquiza y el triunfo más sólido que ha obtenido Mitre últimamente
    merecían que me hubiese Ud. escrito. Mais a tout peché, misericorde, vuelva
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    Ud. por su crédito y no olvide un amigo de 20 años como me decía Ud. a bordo
    del “Saintongé” prometiendo escribirme.
    Mientras Uds. han recorrido la República Argentina regenerándola, alentando
    los buenos o castigando ladrones, yo me he aclimatado en Europa, me he
    tranquilizado, y estoy satisfecho con la posición que tengo.
    Ya irá tiempo de acabar con la existencia de aventurero para hacer vida más
    estable.
    No por esto me he condenado a la completa inacción, he vivido demasiado en
    la República Argentina para olvidarla y espero obtener solo y sin posición oficial
    más para Buenos Aires que los Encargados de Negocios que han tenido Uds.
    aquí o en Inglaterra.
    Mis antiguas relaciones con la familia de la Emperatriz me valieron en el mes
    de diciembre próximo pasado, un convite a Compiegne donde permanecí diez
    días con la Corte de Francia.
    Felizmente el número de convidados era muy limitado, lo que me dio ocasión
    de hablar largamente con el Emperador.
    No quiero referirle estas conversaciones. Sería tan largo como inútil, pero Ud.
    sabe de memoria lo que puedo decir de la República Argentina, de los malones
    de indios, de la larga guerra civil, de las resistencias de las ciudades a los
    gauchos, de las facilidades que presenta el país para criar vacas, ovejas,
    caballos, etc. Pero vamos al grano.
    Siempre he creído que el mayor servicio que pudiera hacerse a ese país sería
    el generalizar en Francia, el uso de las carnes de la República Argentina.
    La carne de Buenos Aires (el tasajo) puesta en Europa costaría en tiempos
    ordinarios de cinco a seis sueldos la libra. La carne fresca cuesta aquí en
    tiempos ordinarios de doce a quince sueldos libra.
    A pesar de esta enorme diferencia en el precio, los pocos ensayos que se han
    hecho no han tenido éxito porque el aspecto del tasajo es repelente y es
    necesario haberlo comido muchas veces para gustar de él como gustan, aún
    los más acomodados, en La Habana o en el Brasil.
    Esta mercancía cuya exportación doblaría la riqueza de la República Argentina,
    y cuyo uso sería tan importante en Europa, donde las materias alimenticias
    encarecen cada día más, no puede introducirse sin trabajar para ello; sin que el
    gobierno francés, interesado en procurar al trabajador alimentos sanos y a bajo
    precio, no proteja de una manera eficaz la introducción de carnes conservadas.
    Por otra parte, si Buenos Aires sólo cuenta para la venta de sus carnes con los
    solos mercados del Brasil y de la Isla de Cuba, su industria no podrá
    desarrollarse. Ya se han hecho sentir en ese mercado, los efectos de un
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    trabajo un poco más activo. En los últimos tiempos las carnes que valían de 5 a
    6 pesos fuertes el quintal han bajado hasta dos pesos fuertes.
    La industria ganadera que cada día toma mayor importancia en las provincias
    del sur del Imperio acabará por quitarle a Buenos Aires el mercado del Brasil y
    el Río de la Plata sólo tendrá que abastecer el limitadísimo consumo de la Isla
    de Cuba.
    La paz, de que probablemente va a gozar el país, será un nuevo motivo de
    depreciación en el precio de las carnes. Hasta ahora ni Córdoba ni Santa Fe
    han podido aprovechar de sus pastos; Buenos Aires ocupa apenas la tercera
    parte de los campos de pastoreo que puede habilitar; si, esta provincia y las
    demás de la República, pueblan sus campos no dudo que volverán Uds. a ver
    los tiempos, en que se criaba para aprovechar los cueros.
    El trabajo del saladerista, que sin duda alguna es el que más valiosas materias
    para la exportación puede dar a la república, nunca adquirirá mayor
    importancia que el que ahora tiene, si la república no sabe abrirse nuevos
    mercados.
    En Compiegne hablé con el Emperador de las ventajas que encontraría el
    pueblo francés en procurarse en el Río de la Plata una sustancia alimenticia de
    tanta importancia haciéndole ver que el comercio de exportación francés
    ganaría más mientras más se importase de aquel país.
    Logré hacerle comprender que los esfuerzos de la industria privada, no podrían
    vencer la repugnancia o desconfianza con que se mira un alimento nuevo, y
    por fin que el único medio de generalizar el uso de estas carnes, sería hacerlas
    consumir al principio por el ejército, porque desde que el pueblo viese que la
    consume la tropa no tendría desconfianza alguna y la buscaría siempre que le
    saliese más barata.
    El resultado de mis conversaciones fue que el Emperador me pidió una
    muestra.
    A mi regreso de Compiegne. Por el vapor de enero, mi padre escribió a los
    señores Llavallol pidiéndoles la carne que producen dos reses y espero que a
    fines de mayo haremos aquí un ensayo práctico del tasajo de Buenos Aires.
    Después de Compiegne he hablado algunas veces con el Emperador en los
    bailes de Tullerías, yo le he repetido fundándome en la proverbial estupidez de
    los sabios, que para hacer algo lo primero y principal es que no se nombre
    comisión alguna, para examinar las carnes; que el mejor examen es comerla y
    si él la juzga sana y buena debe hacer un pedido de 20 o 30.000 quintales para
    hacer un ensayo formal dándola como ración a la tropa.
    Si consigo este primer paso y por su parte me ayudan Uds. mi afán será
    persuadir algunos comerciantes franceses que hagan pedidos a Buenos Aires
    para vender a los pequeños restaurants donde comen los obreros carne a 6
    sueldos la libra. Haré dar informes sobre estas carnes por los mejores médicos
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    de Francia. La prensa francesa se ocupará de las carnes de la Plata tanto
    como la prensa de Buenos Aires del pleito de Otero; daré convites a los
    economistas. Sabré interesar en la cuestión de alimentos baratos a las
    sociedades de beneficencia y aún atacaré de frente la famosa societé de Saint
    Vincent de Paul para conseguir mi objeto.
    El negocio vale la pena, pues si en Francia cada hombre consumiese una libra
    de carne por semana, no bastarían 20.000.000 de quintales por año.
    ¡Esto amigo Sarmiento, es lo que puede llamarse diplomacia!, lo demás son
    pamplinas. Ahora bien. Si el gobierno de Mitre, a quien supongo presidente de
    la República a la llegada de ésta, o autorizado para nombrar agentes en el
    extranjero quiere mostrarse inteligente, debe nombrar al teniente coronel don
    Santiago Arcos para que ocupe el puesto que tan inútilmente han ocupado
    Alberdi o sus predecesores.
    lero. Porque aquí tengo las mejores relaciones y sé interesar hablando de las
    cuestiones de por allá, sin fastidiar.
    2do. Porque quiero a esa tierra, conozco sus intereses y la serviré mejor que
    otro en Francia.
    En España para deshacer las barbaridades de Alberdi o en Inglaterra si
    necesitan ustedes hacer algo en materias industriales.
    3ro. Porque no necesitando del sueldo para la vida material gastaré cuanto me
    paguen en convites en hacer hablar del país en lujo, en poner a la moda,
    pampas, ganado, lanas, ferrocarriles y sobre todo emigración a la República
    Argentina.
    Espero que se ocupará usted de mi encargo. Vea usted a Mitre pues si puedo
    conseguir pronto una posición oficial, tendré más medios para llevar a efecto el
    importante negocio que me preocupa y que creo haber iniciado con buen éxito.
    Debo advertirle que no queriendo hacer fortuna, pues el porvenir de mi hijo está
    muy asegurado, ni seré diplomático económico ni diplomático comerciante y sin
    temor puede usted garantirme como hombre que trabajará con tesón en el
    puesto que creo poder servir mejor que otro.
    Adiós. Memorias a Benita y Dominguito y no deje sin contestación
    Su amigo
    Santiago Arcos
    M.H.S. N° 1.315 Carpeta 10
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    París, 22 de agosto de 1862
    Mi querido Sarmiento
    No quiero mandar a Ud. impreso para anunciarle la muerte de mi pobre padre
    que perdí el 5 de agosto después de una penosísima enfermedad, pero quiero
    hacer una última tentativa para ponerme en comunicación con Ud. Bueno sería
    no olvidarnos, haga Ud. una excepción conmigo escribiendo una
    correspondencia inútil ya que tantas útiles tiene Ud. que dan resultados
    negativos.
    Después de la muerte de mi padre me encuentro bastante rico y sin plan
    alguno para el porvenir. Me siento algo viejo para la vida de paseante en Corte
    que podría llevar en Europa. ¿Sería mucha locura volver a América? ¿para
    qué? Para ser allí un ser único, un hombre que no desea ganar plata. Ojalá se
    decida Ud. a escribirme, tendré mucho gusto en recibir sus cartas y saber qué
    se ha hecho, qué se piensa hacer.
    Voy a mandar esta carta a Buenos Aires, unos me dicen que es Ud.
    gobernador de San Juan y que no se moverá. Otros que conservando el
    gobierno vendrá Ud. como diputado al congreso, pero el mutismo de todos mis
    amigos es tal que parece me han condenado al solitary confinement. Sáqueme
    Ud. de él.
    Adiós. Memorias a Benita y Dominguito y Ud. disponga de su amigo.
    Santiago Arcos
    Dígame Ud. qué dirección debo dar a mis cartas.
    Ud. escríbame.
    N° 1 Rué du Chateau des Fleurs.
    Champs Elysées.
    París.
    M.H.S N° 1.321 Carpeta 10
    Sr. Don Domingo F. Sarmiento
    París, 23 de abril de 1863
    Mi querido Sarmiento
    Ayer recibí una carta escrita desde San Juan que me mandó Carril. Tuve un
    buen rato y un pesar, lo veo a Ud. trepado en una cumbre y a la vez agachado
    como un barretero en galería demasiado baja. ¡Qué diablos hombre! Las penas
    son detalles, el todo es lo que se hace, feliz Ud. que hace algo y no feliz yo que
    sin penas, o más bien sin amarguras nada hago. Hay hombres canos y
    robustos. Suponga Ud. que es Ud. pelo muerto, canas y que todo San Juan es
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    su cuerpo. Mírese Ud. en sus obras y veremos si hay tristura que resista, a
    l'accomplissement des devoirs. Con que fuera tristuras y trabajar, que trabajar
    es gozar.
    Hará como un mes o dos tuve el gusto de ver a Rickard, hablamos de Ud., me
    dio muchas noticias de San Juan y de las minas, pero no me dio carta suya.
    Me alegro que las minas hayan esperado para salir a luz una época en que su
    explotación sea posible. Me alegro también que Lenoir piense como Rickard y
    sobre todo confío en el buen éxito porque los copiapinos creen en esas vetas.
    Ojalá esa riqueza dé a Ud. los medios de dar tal solidez a las instituciones
    liberales al pie de los Andes que entre Bachichas de los Ríos y mineros de la
    cordillera aprieten ustedes los gauchos de los llanos de tal manera que acaben
    por desaparecer como megaterios.
    Yo, Sarmiento amigo, sigo ocupado únicamente de mi hijito Santiago que me
    ha salido a pedir de boca. Es tan bueno como Ud., tan alegre como yo y tan
    inteligente como su madre. Estoy tan contento con él que a veces me
    sorprendo rezándole letanías, justificación de mi existencia, consuelo del
    pasado, esperanza del porvenir, no hay disparate que no le diga.
    Para hacer algo me he echado a literato, estoy escribiendo la historia de la
    República Argentina en francés, hay gabachos de estos que me dicen que está
    muy buena y lo que es más, una vieja que sólo lee novelas y que es muy bruta,
    después de haber leído unas trescientas hojas me pidió más. Estos son
    indicios que lleno mi objeto, contar un cuento muy largo sin fastidiar. Creo
    poder acabar para septiembre, en diciembre tendrá usted el libro impreso, pues
    es libro. En attendant mes essaies litteraires, mando junto con éstos un libro
    que usted ha pensado y que quizá habría escrito si hubiese usted tenido
    tiempo, o más bien si hubiera usted principiado por Estados Unidos y acabado
    por Francia.
    Libro y carta van por favor de Ascasubi que me promete mandarlas en cuanto
    llegue a Buenos Aires. Adiós amigo. Estaré a la mira para libros, por el próximo
    vapor le escribiré más detenidamente. Ésta la escribo apuradísimo, pues son
    las tres, tengo que ir a buscar el libro y llevarlo a lo de Ascasubi que sale a las
    cuatro.
    Su amigo
    Santiago Arcos
    Memorias a Oro y al viejo Godoy que de la gente de por allá apres vous sire es
    lo que más me gusta y recuerdo con mayor satisfacción.
    H.S. N° 1-316 bis Carpeta 10
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    Biarritz, 7 de agosto 1863
    Mi querido Sarmiento.
    Como se lo he dicho a usted en una de mis anteriores cartas la idea de
    regresar a América solía pasarme por la cabeza de cuando en cuando. Esta
    idea toma cada día más cuerpo, aunque mi posición de fortuna es
    suficientemente ventajosa para que pueda vivir sin privarme de nada en París,
    bien relacionado como lo estoy con coche y caballo (que aquí es lujo) gastando
    algo menos que mi renta. Pero esto de vivir tan sólo para cuidarme no me
    cuadra. Usted sabe mi máxima, trabajar es gozar. Pero por otra parte no quiero
    emprender otro viaje a tontas y a locas; quiero ir con un propósito formado, con
    algo hecho, para que no me fastidie por allá como suelo fastidiarme por acá.
    Irme a San Juan a trabajar minas no me sonríe: seguramente es muy bueno
    poner en circulación los metales que duermen inútiles en sus sábanas de
    piedra, sobre todo es útil crear alicientes al trabajo, pero la ocupación del
    minero para ser fructífera, depende del acaso; no así las ocupaciones del
    agricultor.
    El agricultor especialmente en las faldas orientales de los Andes (mi patria)
    puede crear inagotables minas formando potreros de alfalfa transformando los
    pobres campos de jarilla que apenas pueden alimentar un animal por cuadra,
    en verdes prados donde se pueden criar y engordar doce, o quince animales
    por cuadra. Una vez beneficiado el metal que se saca de la veta, el cerro queda
    pobre. El alfalfar talado vuelve a crecer y cada año la veta se llena tres a cuatro
    veces de metal riquísimo, por esto me gustaría hacerme agricultor en las faldas
    orientales de los Andes.
    Pero no crea usted, a pesar de mi amor al trabajo, que estoy dispuesto a dejar
    mi buen París, para encerrarme en el Plumerillo o en el Alto de las Mulas a
    sembrar trigales en las jarillas, que más tarde se convertirían en alfalfares. Mis
    ambiciones son de otro género.
    Quisiera crear allí donde nada existe, poblar un pedazo de desierto, dar vida,
    alegría y valor a lo que ahora está solo y lóbrego.
    Existe en el sur de Mendoza, muy al sur, un pedazo de terreno cuya área no
    me es posible determinar ahora. Las pocas personas que lo han visto lo llaman
    la tasa de Malargüe, yo lo visité en 1849. Con razón le llaman tasa, se parece
    al Happy Valley, de que habla D. Johnson en Rasselas.
    Al sur se levantan las cerrilladas que separan el río Malargüe del río Colorado,
    al oeste las faldas de la Cordillera Grande, al este la ciénaga y laguna de
    Malargüe formadas por un cerro muy alto “el Nevado” que impiden que las
    aguas del río Malargüe sigan corriendo al naciente y para que no falten límites
    naturales a estos terrenos, lóbregos hoy, pero que yo sabría convertir en un
    valle más rico que el de Aconcagua, hay dos arroyuelos, el Bata-Chacay y
    Pichi-Chacay que saliendo de la cordillera corren de poniente a naciente y van
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    a perderse en la inmensa ciénaga, estos son los límites de la taza de Malargüe
    por el norte.
    Este terreno de Malargüe, es, Sarmiento, uno de mis sueños. Yo quisiera llevar
    allí vascos para sembrar maizales y criar vacas en las cordilleras. Suizos para
    hacer más quesos que en Gruyère, muchos pobres inquilinos del sur de Chile
    para formar potreros y una vez que hubiese formado un núcleo, dar a vender
    terrenos, con la condición precisa que me convirtiesen todo en potreros.
    Engordaríamos ganados. Podríamos tener lanas como las más finas de Sajonia
    y una vez aquello poblado, los habitantes harían allí más que cuanto nosotros
    podemos imaginar a priori.
    La obra es colosal, el pensamiento muy bueno, los resultados magníficos, pero,
    ¿es realizable? Temo que no.
    En primer lugar, si llego a Mendoza lleno de buenas intenciones, encontraré allí
    dificultades insuperables, no querrán venderme porque los terrenos estando
    despoblados y fuera de fronteras el gobierno de Mendoza para disponer de
    ellos tendría que consultar el gobierno nacional y eso es demasiado trabajo. Si
    me dirijo al gobierno nacional éste tendría que consultar al de Mendoza, luego
    la provincia tiene que consultar la legislatura y ésta el Congreso y de oficina en
    oficina andaría yo solicitando años y años antes de saber a qué atenerme,
    probablemente me fastidiarían tantas demoras y regresaría a Francia.
    Luego, dado el caso que consiga que me vendan el precio pedido sería
    probablemente disparatado y los plazos demasiado cortos, verdad es que la
    tasa de Malargüe no sirve ni a Dios ni al diablo pero para todo hombre sensato,
    el proyectista (y basta proponer algo para sentar plaza de proyectista que por
    allá es sinónimo de pillo) es un hombre que viene a engañar y a robar y contra
    un proyectista toda desconfianza es poca. Por esto yo que desconfío de los
    sensatos tanto como éstos de los proyectistas quiero sondear antes de
    navegar.
    Cree Ud. posible obtener un contrato en estos términos poco más o menos.
    “El Gobierno de la Provincia de Mendoza, oído el dictamen del Gobierno
    Nacional, vende a D. Santiago Arcos todos los terrenos de la tasa de Malargüe,
    a saber los terrenos entre el río Malargüe y el más al norte de los dos
    Chacayes, entre la falda de la cordillera y la ciénaga de Malargüe; bajo las
    condiciones siguientes.
    1
    o
    Las aguas del Malargüe y de los dos Chacayes serán propiedad exclusiva
    de Arcos.
    2
    o
    Los terrenos comprendidos en los límites indicados serán pagados a razón
    de un real plata por cada cuadra cuadrada de 150 varas por costado, o sea $
    200 (pesos fuertes de 16 en onza) por cada legua cuadrada de 6.000 varas por
    costado.
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    3
    o
    El pago de los terrenos será exigible en 12 años por terceras partes; el
    primer plazo exigible 7 años después de la fecha de este contrato, el 2
    o
    plazo 3
    años después del primero, y el último plazo 2 años después del segundo.
    4
    o
    Un año después de la fecha de este contrato Arcos presentará al Gobierno
    de la provincia un plano de los terrenos, levantado a su costo por un
    agrimensor recibido y sobre dicho plano se determinarán las cantidades que
    deberán ingresar a la provincia por los terrenos vendidos.
    5
    o
    Don Santiago Arcos recibirá el título de propiedad en cuanto haya satisfecho
    un real por cuadra.
    6
    o
    Arcos no podrá enajenar terrenos sin satisfacer previamente a la provincia el
    precio de un real por cuadra y en caso que quiera hacerlo antes del 12mo. año,
    tendrá que satisfacer este pago sin esperar los plazos estipulados.
    7
    o
    En el caso que al 7mo. año Arcos no efectúe el pago estipulado el contrato
    será reputado nulo y los terrenos volverán a la provincia.
    Yo creo que el Gobierno haría bien de venderme esos terrenos bajo estas
    condiciones: 1
    o
    porque ahora Malargüe nada vale. 2
    o
    porque comprándolo yo
    tengo interés en llevar buena emigración. 3
    o
    porque para una empresa seria es
    indispensable darle tiempo para que sepa a qué atenerse.
    Si nada hago, yo habré perdido mis viajes, mi tiempo, mis gastos de mensura.
    Los terrenos volverán a la provincia que nada habrá perdido por esperar 7
    años.
    Si voy bien, formo al sur de Mendoza un núcleo de población que dará valor a
    los terrenos de Bellavista Yancanedo, Punta del agua, Sequía del Atuel, Isla del
    Atuel y Puntas del Diamante cuya superficie es 200 veces mayor que la tasa de
    Malargüe que yo propongo comprar.
    ¿Qué me contesta Ud. a todo esto? Probablemente nada porque estoy muy
    lejos; pero para remediar este mal mando esta carta a Copiapó, a mi hijo
    político D. Carlos González Ugalde. Él encaminará esta carta hágame Ud. el
    favor de escribirle, si el negocio le parece bien diciéndole con quien debe
    enterse(sic) para seguir este negocio, que espero recomiende Ud. a su colega
    de Mendoza. Si yo veo que esto toma un aspecto serio me embarco y pronto
    me tendrá Ud. en San Juan.
    Escribo esta carta en un pueblico de la costa de los Pirineos, legua y media de
    Bayona, veo las facilidades que tendría aquí para encontrar buenos emigrantes
    vascos, esta gente me ha hecho pensar en Malargüe.
    ¿Cree Ud. que saldrá algo de tanto proyecto? Yo creo que no. Los mendocinos
    dirán, qué barbaridad va a ganar mucha plata si le vendemos Malargüe a real
    cuadra.
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    Y si no me lo venden ¿cuántos años pasarán antes que crezca allí una mata de
    alfalfa, cuántos años antes que una población no gaucha dé algunas
    esperanzas de estabilidad?
    Adiós Sarmiento, si don Domingo Oro, y el viejo don Juan Godoy viven aún
    deles Ud. memorias porque esos dos viejos son los que más quiero por allá.
    Adiós su amigo
    Santiago Arcos
    M.H.S. N° 1.316 Carpeta 10
    París, 8 de enero de 1864
    Monsieur le Gouverneur:
    Je vous souhaite une bonne et heureuse année et comme je n'oublie pas les
    amie qui sont au loin voici vos étrennes pour le jour de lan.
    1 La sorciére de Michelet.
    2 Le terre avant le Deluge de Louis Figuier.
    3 La Vie de Jesús par Renán adonde verá Ud. que nuestro Señor Jesucristo
    tiene mucho de riojano, hombre callado y conversador, tipo que rara vez se
    encuentra en estos mundos de por acá y que aún se suele hallar entre la gente
    que vive aislada. Creo que leerá Ud. el libro con gusto.
    4 Le parti Liberal par Laboulaye, que es el mismo que le robó a Ud. su libro
    sobre los Estados Unidos.
    Lea Ud. con atención estas cuatro producciones de los caletres europeos, que
    creo ver la más alta expresión del progreso en esta tierra, y se convencerá Ud.
    que la iniciativa europea concluyó. Todo lo que estos señores dicen nosotros
    los ciudadanos de los Estados Unidos, lo sabíamos sin saber cómo, que es
    como deben saberse las cosas. Porque muchas verdades que han llegado a
    ser del dominio común, que como axiomas ya no se discuten en la nueva
    Inglaterra se están discutiendo aún en Francia.
    Que le dé a Ud. ahora noticias mías. Por suertes raras su carta del 30 de julio
    de 1863 me llegó hace unos diez días. Mucho gusto he tenido en ver cuan de
    veras me quiere Ud. y créame el cariño es recíproco y en prueba de ello ando
    siempre acariciando la idea de volver por esos mundos y créame Ud.
    Sarmiento, de cierto modo tiene Ud. la culpa, y en prueba de ello una larga
    carta que le escribí desde Biarritz en agosto de 1863 en que le hablaba de
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    comprar unos terrenos en Malargüe, aún no tengo contestación a ésa mi carta
    pero ya vendrá y veremos entonces.
    Mi hijo Santiaguito sigue siendo mi consuelo, mis esperanzas de porvenir y mi
    mejor amigo, mucha pena me ha causado lo que me dice de Dominguito pero
    si es inteligente volverá a ser su amigo, lo que celebraré porque nosotros los
    viejos necesitamos querer y cuidar para ser felices. Entretanto y puesto que la
    mala suerte lo ha privado de una parte de su familia quiera Ud. a San Juan. Por
    nada salga Ud. de la provincia, haga Ud. toda clase de sacrificios por seguir de
    gobernador, y nada más que gobernador. El 2 de línea y un movimiento de
    Rivas salvó el ejército de Buenos Aires en Cepeda, que la provincia de San
    Juan sea el 2 de línea de la República Argentina. Adiós amigo, he visto con
    mucho gusto que han fusilado al Chacho. Ahora falta ahorcar a don Justo a
    menos que no tenga la feliz idea de morirse de pícaro que es lo mejor que
    podría hacer.
    Aún no he concluido mi historia, es trabajo largo y difícil sobre todo para mí que
    trabajo sin aliciente de ninguna clase, pero está bastante adelantada para creer
    que principiaré a imprimir en marzo de este año.
    Voy a entregar esta carta y los libros al Encargado de negocios don Mariano
    Balcarce. Contésteme Ud. del mismo modo y sus cartas no tardarán 6 meses
    como la última que he recibido.
    Su amigo
    Santiago Arcos
    M.H.S. N° 1.317 Carpeta 10
    París, 23 de enero de 1864
    Mi querido Sarmiento
    Por el último vapor escribí a usted mandándole unos libros y pidiéndole
    muestras de metales e informes sobre las minas de San Juan. Hoy aprovecho
    del vapor que sale de Burdeos el 25 para volver a hablar a usted de minas.
    Creo que con alguna buena voluntad se puede hacer aquí algo bueno. He visto
    con asombro las sumas que las compañías francesas han invertido para
    trabajar minas en España y si la Francia de 1864 está atrasadísima en materias
    políticas no sucede otro tanto a la Francia industrial que se desarrolla de un
    modo inesperado, y en cuanto a empresas va tomando proporciones inglesas.
    Creo pues que sería conveniente que la provincia de San Juan me nombrase
    su agente oficial en Europa para promover de todos modos la industria minera
    en la provincia de San Juan.
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    Mi pretensión que yo llamo mi ofrecimiento es aceptable en primer lugar porque
    no pido ni sueldo, ni subvención ni nada que lo valga. Pido únicamente los
    datos necesarios para poderlo servir, pido datos oficiales para que los informes
    que pueda dar tengan mayor valor. En una palabra, ofrezco a los sanjuaninos
    un agente inteligente y gratis que si algún provecho saca de su nombramiento
    lo deberá a los pesos que él saque de su bolsillo para dar piques en esos sus
    cerros.
    Pero todo esto es dado el caso que usted siga de gobernador de San Juan o
    que usted gobierne a quien gobierne, de otro modo no. En fin hijo, ya está
    usted avisado yo estoy en buena posición para hacer mucho, ahora toca a
    ustedes darme los medios más adecuados para servirlos bien.
    Su amigo
    Santiago Arcos
    M.H.S. N° 1.318 Carpeta 10
    Señor D. Domingo F. Sarmiento
    París, 15 de junio de 1864
    Mi querido Sarmiento
    Recibí su carta del 30 de marzo de San Juan y como la acabara dije casi sin
    querer unos versos, creo de Espronceda.
    Palpé la realidad, odié la vida. Sólo en la paz de los sepulcros creo.
    Qué desaliento querido amigo. ¿Y por qué? Porque no lo han entendido, pero
    el bien que usted ha hecho, hecho se queda. San Juan llora porque usted le ha
    lavado la cara, pero queda esa cara lavada, no le dejan a usted seguir
    trabajando, triste es ello pero va usted de plenipotenciario, menos mal. Ya
    había pasado usted mucho tiempo en la tierra argentina. Usted tomará nuevas
    fuerzas en los Estados Unidos que han crecido y se fortifican por la guerra,
    como en otro tiempo crecían con la paz. Feliz usted que podrá ver de cerca, lo
    que cuesta un error. Washington olvidó a los negros porque permanecieron
    mudos en su tiempo, porque no quería dar rango de ciudadanos a los que no
    comprendían los deberes que la ciudadanía impone, pero esa injusticia debía
    tarde o temprano pagarla los amos que aprovechaban de la injusticia. La
    guerra ha sido el castigo y la guerra llevada con negros será la recompensa
    Usted lo verá de cerca que la guerra que acabó ya con los esclavos será la
    base de un poder cual todavía no se había soñado. Las pobrezas de Francia y
    su imperio mexicano, las pobrezas de España y sus robos de mierda, se verán
    muy pronto, no tardarán en conocer los monarquistas que la lucha entre
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    hombres libres y ejércitos disciplinados a la europea es tan imposible como
    entre incas y españoles, y los bobos quedarán boquiabiertos cuando se les
    demuestre que la libertad es la fuerza y el despotismo la impotencia. No se
    queje usted, no se deje usted abatir.
    Volverá usted a su tierra argentina a luchar otra vez, a vencer otra vez y a
    trabajar sobre un terreno mejor preparado, y los resultados serán mejores,
    aunque la ingratitud vuelva a ser la misma.
    Respecto a minas de San Juan le diré: en cuanto reciba las muestras las haré
    ver y contribuiré en lo posible para que Parent y compañía se aficionen a esos
    minerales, en cuanto a mí, creo que no iré, su partida de usted de San Juan me
    ha enfriado mucho, qué haría allí sin usted, nada, prefiero quedarme con mi
    Santiaguito que es mi consuelo y todo mi porvenir.
    Adiós mi buen viejo, escríbame usted más alegre y crea usted siempre en la
    amistad de
    Santiago Arcos
    Nota: No sé cómo poner el sobre pero va a su solo nombre que es su mejor
    título.
    M.H.S. N° 1.319 Carpeta 10
    Badén Badén, 17 de agosto de 1864
    Mi querido Sarmiento
    La víspera de mi partida de París para este lugar recibí su carta de Santiago
    del 16 de julio y los apuntes biográficos que me remitía usted. Debiendo
    ausentarme de París fui a ver a Balcarce y recordándole el empeño que él
    tenía de publicar unos apuntes biográficos de D. Domingo F. Sarmiento le
    entregué el manuscrito que deseaba tener.
    El secretario de Balcarce, M. Gallet de Kulture ha publicado ya algunos trabajos
    sobre las cosas de América, y esos apuntes publicados en francés y español
    como un trabajo de Kulture llenarían completamente el objeto que usted se
    propone y que es bueno y al que deberían interesarse los hombres de la
    República Argentina. Balcarce quedó conforme con todas estas ideas y ha
    quedado en avisarme cuándo y cómo hará esta publicación en cuanto reciba su
    carta. Le escribiré a Hopkins, pero dudo que reciba mi carta en Nueva York
    pues me aseguran que Hopkins quedaba en Buenos Aires a la salida del último
    vapor. Lo que me dice usted de los adelantos de Chile no me admira, llegaba
    usted de San Juan y Santiago lo ha asombrado a usted. A su vuelta de Nueva
    York ya verá usted lo poco que vale.
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    La cuestión del Perú le producirá a usted un desengaño La inmoralidad de los
    hombres públicos americanos va se montrer dans toute sa laideur.
    En el Perú aprovecharán para hacer nuevos empréstitos, derrochar dinero,
    engordar algunos jugadores y no hacer nada. La calaverada de Pinzón o más
    bien de Mazaredo, hubiese podido arreglarse inmediatamente. España a quien
    presta usted miras más largas que las que tiene en realidad, hubiese gustosa
    pasado por todo arreglo honroso. Para comprender esta cuestión imagínese
    que España es un ministro cuyo agente ha cometido un disparate y el Perú, un
    diarista perendengue de la oposición, que quiere aprovechar del disparate para
    juzgar sin pasión esta cuestión. Recuerde que la España vale poco como
    respetabilidad y que el Perú no vale nada.
    Adiós amigo, por el próximo vapor volveré a escribir a usted y espero poderle
    mandar dos ejemplares de la publicación de Kulture.
    Su amigo
    Santiago Arcos
    M.H.S. N° 1.320 Carpeta 10
    París, octubre 18 de 1864
    Mi querido Sarmiento
    Mi última carta fue de Badén, después quise conocer unos cuantos de esos
    lugares de tierra adentro de que hemos oído hablar, pero que rara vez visitan
    los viajeros americanos. Estuve en Karlruhe, Heidelberg, Darmstad, Francfurt,
    Hombourg, Wiesbaden. Las orillas del Rhin, Bonn, Colonia y regresé a París
    por Bélgica. Santiaguito gustó mucho de catedrales, museos y ciudades.
    Quand a moi plus je connais les hommes et plus j'aime les chiens. Mientras
    más ciudades veo más me gustan los campos sin cercos. Qué lástima
    Sarmiento que seamos tan brutos. Si por allá fuésemos todos brutos como
    nosotros dos nomás, que bien viviríamos por el Tandil o en Calingasta, pero si
    por aquí hay estrechez, por allá hay gente como Don Vicente Izquierdo o como
    Don Justo Urquiza, manifestaciones tan repelentes la una como la otra de la
    mala educación que nos viene de tan atrás.
    Pero aquí estamos y nos quedaremos así hasta que un viento más fuerte me
    empuje, ya sea a los campos sin cercos o me clave en estas estrecheces.
    A mi vuelta de Alemania encontré su carta del 11 de agosto y yo me admiro
    que Ud. se admire de la fuerza orgánica de mi buen sentido etc., etc.
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    Señor don Domingo si Ud. viese de cerca este gran poder de Napoleón, ¡que
    desengaño! Ni siquiera tiene eso grande que Ud. le encuentra.
    Don Luis Napoleón es un buen hombre viejo ya, amolado y cansado de la
    bajeza que lo rodea, peleado con la mujer que es tonta. Quiso putear para
    distraerse, tomó a la Marguerite Beranger, une sommité, para despertar deseos
    en cuerpos hastiados y la Marguerite lo ha cansado. Ahora quiere a un perro
    que se revuelca con el hijito que ha sacado más de la mamá que del papá. En
    el siglo XIX las tiranías o más bien la omnipotencia producen la hipocondría.
    Todos estos esplendores son manotadas de ahogado. La expedición a México,
    un fiasco. La ocupación de Roma un fiasco. El Imperio un fiasco, el ejército un
    fiasco. El pueblo mira bruto e indiferente, pero no es cómplice y sin cómplices,
    los Reyes Soles como Luis XIV se vuelven Lunas. Mac Mahon, el actual Duque
    de Magenta a pesar de su valor, de su inmensa ciencia militar es un cuerpo sin
    vida y Grant ese poste de bronce que nada mueve, es la guerra viva porque
    dispara cañonazos que suenan en el porvenir.
    Juárez fugitivo es el derecho, Bazaine y Maximiliano una necedad sin porvenir.
    En España, los pobres gobernantes hacen como los telégrafos que Ud. conoció
    en Europa, repiten los movimientos que ven hacer a Napoleón, toman a Santo
    Domingo y se apoderan de las islas Chinchas y mandan soldados a lejanas
    tierras, pero sin premeditación, sin planes de monarquizar la América,
    prestarles vistas tan largas es hacerles más honor que el que merecen. Luego
    en España hay un pueblo detrás de esos gobernantes que puede ser
    indiferente, pero que no es cómplice y uno de estos días todas esas injusticias
    caerán bajo el desprecio público. En dos palabras, todo esto da lástima pero no
    debe asustar la democracia que uno de estos días va a despertar y a echar a
    tanto criado viejo, que nos están sirviendo como servían a nuestros
    tatarabuelos, que guardamos por consideración, pero que tendrán su retiro el
    día menos pensado. Lo serio hoy es la lucha en Norteamérica. Guay de
    vejeces si triunfa el norte.
    Con que para concluir este asunto tenga Ud. la calma de los que van a vencer.
    Siento que la democracia tiene bastante fuerza ya para andar a planazos sin
    dar cuchilladas, lo que siempre es feo.
    Vamos a otro asunto. Como se lo dije a Ud. en mi última di sus apuntes
    biográficos a Balcarce y desde mi vuelta he tratado de verlo pero no he podido,
    pues ustedes los diplomáticos argentinos cuyas misiones son para todo el
    universo y otros lugares, andan a salto de mata. Balcarce cuando no está
    metido en Brunoy anda por Londres, Madrid o Turín pero toma nota de lo que
    Ud. me dice y sólo se publicarán cuando la ocasión se presente.
    Adiós amigo - Hasta otro vapor - Suyo
    Santiago Arcos
    M.H.S N° 1.322 Carpeta 10
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    S.D.
    La señora viuda de Arcos participa a usted el efectuado enlace de su hijo D.
    Santiago Arcos con la señorita Da. Claudia Maneyro.
    París, 18 de enero de 1865
    M.H.S. N° 1.323 Carpeta 10
    París, 16 de junio de 1865
    Mi querido Sarmiento
    Contesto a su carta del 20 de mayo de Nueva York, escrita por Bartolomé
    Mitre, a quien dirá usted que lo que más deseo es que estudie y aproveche de
    los Estados Unidos, que espero saber que ha dejado al sur de la línea sus
    debilidades de niño, y que es ahora todo un hombre, que honrará el nombre
    que su padre con menos medios que él ha sabido ilustrar. Me alegro que esté
    con usted y más me alegraré que vivan ustedes dos con la misma confianza
    que teníamos por esa tierra en 1847.
    He buscado el folleto “Lere des cesars”, imposible dar con él, pero Fontaine
    que es un librero cateador de obras perdidas, ha quedado en buscarlo y si me
    lo manda, irá a los Estados Unidos.
    Le mando pour acquel de concience pero debo advertirle que todo trabajo
    sobre el libro del Emperador es perder tiempo.
    El Julio César de Luis Bonaparte, se murió en cuanto vio la luz. Nadie lo lee y
    ya nadie se acuerda de él. Es un libro muy rebuscado, escrito por una sociedad
    de literatos, de arqueólogos y de latinistas que hubiera podido servir para las
    Escuelas Europeas, si el sistema europeo hubiese cuajado, pero ya todo lo de
    Europa tiene en el mundo del porvenir el mismo valor que los Vedas de
    brahama en Europa, c'est curieuse pour les erudites. Voilà tout y ocuparse de
    ello sería una soberana locura, así amigo Sarmiento, como se halla Ud. lejos
    de estos cadáveres pudiese ser que se equivocase y creyese que puede
    contestarse a esta gente, error. Su deber es olvidar a la Europa y darle su
    verdadero rango, que es el mismo que tuvieron los persas, indostaneses y
    chinos en tiempos cuando Beranger decía de la Francia, brille etoile du matin,
    ya no hay estrella.
    Usted está en el centro de la vida, no mire usted para acá sino para darme de
    cuando en cuando noticias de mi mejor amigo. De aquí los diarios le dirán lo
    que hay, nada entre dos platos. De la Confederación Argentina, el Paraguay o
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    sea la cola de la federación ojalá sepa Mitre salir con éxito de esta prueba.
    Suelen decir queda el rabo por desollar como cosa muy difícil.
    Suyo
    Santiago Arcos
    M.H.S. N° 1.324 Carpeta 10
    Burdeos, 24 de septiembre de 1865
    Mi querido general
    Recibí su amable carta del 20 de mayo en que me dice usted cosas muy gratas
    y otras que justificaré con dos palabras. Siempre que he podido encontrar
    trozos hechos, los he zampado en mi historia. Primero, para ahorrarme trabajo
    y segundo, porque para decir la verdad, sobre esas remotas tierras, tan
    sistemáticamente mal apreciadas en Europa es bueno buscar cómplices. Si no
    he sido tan original como hubiese podido serlo refiriendo lo que he visto es por
    aquello del irlandés ovejero en Navarro que ponderando lo bien que vivía en las
    pampas decía: “aquí como carne tres veces por semana”. Si hubiera dicho la
    verdad, nadie lo hubiera creído en su tierra.
    Cuando ésta llegue a sus manos sabe Dios cómo andará la guerra, ni tan mal
    como algunos por aquí me cuentan ni tan bien como yo lo deseara. Han
    principiado ustedes tarde. Los paraguayos han podido decir, lo que vale tanto
    como el buen derecho quien da primero da dos veces. Pero con mucho o poco
    dinero, usted y el Brasil llevarán lo mejor del torneo. El Brasil sobre todo.
    Usted tiene un gran defecto. Le falta ser algo más bárbaro. Usted mismo me lo
    decía. Mandeville era el mejor encargado de negocios que la Inglaterra podía
    acreditar cerca de Rosas, porque Mandeville había estado mucho tiempo en
    Turquía. Pues a usted le falta Turquía para guerrear río arriba. A pesar de esto
    creo que le irá a usted bien y por tanto le escribo a usted una carta de paz,
    ocupándome de cuestiones venideras con el mismo afán que si siguiendo mi
    indicación juiciosísima me hubiese usted nombrado ministro en Francia.
    Principiaré por desplegar a usted en guerrillas unas cuantas generalidades que
    sabe usted tan bien como yo pero que no temo repetir porque siempre es
    bueno tenerlas en memoria.
    Hasta ahora los saladeros de Buenos Aires y de Entre Ríos, han matado los
    ganados que pueden retirarse de un área de terreno insignificante si se
    compara con los terrenos de pastoreo de que puede disponer la república. En
    un porvenir no lejano (si se atiende a la ganadería) cada una de las provincias
    de la república puede dar anualmente tanto ganado como el que ha dado la
    República entera en estos últimos años y la sola provincia de Bs. As. puede dar
    a los saladeristas diez veces mayor número de cabezas que las que ahora
    llegan a Barracas.
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    ¿Pero sería juicioso esperar una actividad tan grande en las faenas de
    saladero, cuando la poca carne que actualmente se exporta abarrota los dos
    únicos mercados que tiene la república? ¿Podemos esperar una mejora para el
    porvenir cuando todo nos indica que muy pronto perderemos el mercado del
    Brasil? Los productos de la ganadería aumentaron en el imperio mucho más
    rápidamente que el número de consumidores de tasajo y Bs. As. si no se
    muestra previsor, pronto se verá reducido al limitadísimo mercado de la isla de
    Cuba. Para que los trabajos de saladero puedan tomar toda la actividad que
    pudiesen tener si se aprovechasen los campos de pastoreo de Orán a Choele-
    Choel, de los Andes al Paraná, sería necesario generalizar el uso de las carnes
    de la República Argentina en la parte del mundo donde más se necesitan. En la
    Europa occidental tenemos más de cincuenta millones de bocas que apenas
    comen carne una vez por mes porque la carne es demasiado cara, cuesta de
    quince a veinte sueldos libra.
    Imagínese usted la importancia que llegarían a tener las pampas si en vez de
    contar uno o dos millones de consumidores para uno de sus mejores
    productos, contasen con cincuenta millones. Las ventajas no se limitarían a
    poder vender con lucro cuanto se pudiese criar. El aumento de consumidores
    aumentaría la importancia de la cría de ganados. Los países más poblados y
    más ricos tendrían que contar con las pampas, con esos campos apenas
    conocidos de unos pocos emigrantes de Bayona o Génova. El número de
    personas interesadas en estudiar el mejor modo de conservar las carnes
    decuplicaría y quizá el difícil problema de conservación, envase y transporte,
    acabaría por tener una solución y estoy firmemente persuadido que esta
    solución se encontrará cuando el número de interesados esté en relación con
    el desarrollo que puede tomar esta exportación. El número de emigrantes
    aumentaría hacia un país que todos los días se haría presente. El precio de las
    carnes se equilibraría con el precio de las carnes en Europa, y aunque la carne
    salada nunca llegaría a tener el precio de la carne fresca, vendida en Europa
    de cinco a siete sueldos libra, sería una inmensa ventaja para los de Bs. As.
    que actualmente la venden a dos sueldos y para los europeos que ahora la
    pagan de quince a veinte sueldos. El precio de las propiedades beneficiaría con
    el aumento de valor de las mercancías que estas propiedades producen, por fin
    el país ganaría políticamente hablando, pues para apoyar una pretensión la
    Europa no quisiera hacer sufrir su propia población.
    Pero usted puede prever también como yo las ventajas de lo que yo llamo la
    conquista del mercado europeo. Pero cuántas dificultades no hay que vencer
    para conseguir que franceses, ingleses, belgas, españoles, portugueses,
    italianos y alemanes busquen este alimento, como buscan el pescado seco,
    muy inferior a la carne seca pero que están acostumbrados a comer. No
    necesito hacerle a Ud. la historia de las dificultades que han tenido que vencer
    todos los nuevos alimentos. Pero si el pescado seco, el maíz y las papas han
    acabado por generalizarse, no debemos desesperar de generalizar el uso de la
    carne tasajo, no debemos desesperar de llevar a cabo la conquista del
    mercado europeo para el Río de la Plata, conquista que costará menos que lo
    que saquen Uds. de sus conquistas paraguayas.
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    21
    Hasta ahora mis ensayos han sido inútiles. Hace dos años hablé mucho con el
    Emperador Napoleón. Mis esperanzas eran generalizar el uso del tasajo en las
    tropas porque si los zuavos y demás héroes de por acá lo hubiesen comido, el
    labrador y el obrero lo hubieran comido con gusto. El Emperador parecía
    aprobar esta idea, parecía tener el mayor empeño en que se generalizase el
    uso de esta carne entre los labradores, hice venir carne. Se comió en Tullerías,
    gustó mucho, pero no pude conseguir lo que pretendía: una orden para hacer
    venir 30 o 40.000 quintales. Y he acabado por persuadirme que para conquistar
    el mercado europeo es necesario dejar de lado toda idea de lucro y siendo así
    Ud. es el único asociado que puedo buscar. He aquí mi plan de operaciones: la
    conquista del mercado europeo no puede obtenerse sino a fuerza de sacrificios
    pecuniarios, que no podrán aprovechar a los que los hagan. Para mayor
    claridad le diré en griego como dice Moratin. Es necesario que durante dos a
    tres años el consumidor imponga sus precios al productor. Lo que no sucederá,
    si no encontramos medios de compensar las pérdidas del productor pues nadie
    puede producir para perder.
    Pedir esta compensación o al gobierno o a la contribución me parece poco
    republicano, bueno para países que viven bajo la tutela administrativa y no para
    países libres Self governing comunities.
    Lo que me parece bien, sería formar una sociedad numerosísima de
    estancieros, saladeristas y propietarios para la conquista del mercado europeo.
    Cada socio, sin esperar más compensación que el bien que pudiese resultar
    para el país, se comprometería a dar una suma anual durante 5 ó 6 años. La
    suscripción sería voluntaria. Suscríbase Ud. por 3.000 $ m/c por año, yo me
    suscribo por otro tanto, haga Ud. suscribir a Drago, Paunero, Don justo
    Anchorena, Cascallares, L. Pereyra, Vedia y hasta Lucio Mansilla, Sra. María
    Cambaceres etc. Y reúname Ud. 2.000.000 de pesos papel.
    La sociedad una vez constituida mandaría mensualmente 3.000 quintales de
    carne que se venderían en los mercados europeos. Suponiendo que el primer
    año perdiésemos 800.000 pesos sobre 36.000 quintales, los 200.000 pesos
    restantes se emplearían en pagar artículos de toda clase para popularizar la
    nueva mercancía. Si el primer año perdemos 800.000 pesos sobre 36.000
    quintales quiera el segundo los perdamos sobre 80.000 y me parece que no
    perdiendo nada en el tercer año, otros exportarían por su cuenta quizá gracias
    a una buena serie de artículos, algunos europeos principiarían a especular en
    carnes y habríamos gloriosamente acabado esta conquista que costará mucha
    sangre de novillo y vaca y ninguna sangre de gente. Yo me ofrezco, no me
    impongo, para ser el corresponsal en Europa, vea qué le parece esta idea que
    se encadena con mi sistema de fronteras y avíseme.
    Había tocado este punto ligeramente con Rufino Elizalde, pero después de
    pensarlo bien he preferido escribir a Ud. que me entenderá y que a pesar de
    los galopes tendrá un rato para contestar a su amigo.
    Santiago Arcos
    M.H.S. N° 1.325 Carpeta 10
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    Burdeos, 20 de octubre de 1865
    Mi querido Sarmiento
    Ayer recibí aquí su carta del 29 de septiembre. Tomemos uno y otro la
    costumbre de contestarnos nuestras cartas, como yo contesto su última, de
    esta manera estaremos en más inmediato contacto lo que me parece lo más
    racional pues es Ud. el amigo a quien más quiero y viceversa. Yo tengo mucho
    que contarle y el cuento es triste. Me casé como Ud. sabe el 7 de enero del
    presente con una niña que le gustará a Ud. mucho y hemos principiado mal. La
    pobre, después de un penosísimo embarazo tuvo un mal parto el 20 de agosto,
    o más bien un verdadero parto de mellizos, niño y niña, dos hermosísimas
    criaturas pero que nacieron muertos. Su restablecimiento fue largo, felizmente
    ya está buena y repuesta como se saben reponer las mujeres antes de llegar a
    los 23 años.
    Ahora paso a explicarle mi residencia en Burdeos. Sabrá Ud. que después de
    mucho cavilar, después de consultar los gustos de mi hijo Santiago y los de mi
    mujer he abandonado toda idea de volver a América, y que mi residencia
    habitual será Europa. Mis mejores amigos, y mis intereses se encuentran en
    España y creo que será España el lugar donde vaya a acabar mis días. No
    como comerciante ni banquero, iré a vivir allí de mi renta y quizá como
    distracción me haré hombre político, no hombre político en primera línea, sino
    de esas comparsas que figuran como diputados o senadores de culo. C'est bon
    pourfaire une fin. Mi hijo que según todas probabilidades tendrá un fortunón en
    Europa podrá ser más, el muchacho va muy bien, es el chiche de los niños de
    grandes y títulos y, como le gusta el boato más que el desierto, mis ambiciones
    pasan a él. Hago en una palabra lo de Carlos Quinto, abdico en él y veré de
    prepararle un camino ancho para que sin perderse pueda desviarse. Uniendo
    estas ideas he venido a pasar el invierno en Burdeos, mi mujercita tiene aquí
    toda su familia. Santiago sigue sin interrupción sus estudios principiados en
    París, estudia mejor porque tiene menos distracciones y yo estoy más a mano
    para hacer mis viajes a Madrid, y ver si puedo avenirme con esa gente. Ud.
    escríbame Rué du Chateau Trompette N° 8, Bordeaux, hasta nuevo aviso.
    De cosas de la República Argentina no le puedo decir nada, ya cuando ésta
    llegue sabrá Ud. qué fin han tenido los de la Uruguayana después de la victoria
    del Yatay. La guerra paraguaya no es un mal, al contrario producirá un bien,
    pero esa pobre tierra argentina que marcha tan bien me parece un niño
    enfermo, a pesar de los médicos que lo cuidan, a pesar de los remedios que le
    dan, la naturaleza hace tanto que el niño vive, se robustece y se hace hombre.
    Hace quince meses le escribí a Mitre la guerra del Paraguay, pero Mitre no me
    hizo caso. He solido ocuparme de la República. Le mandé un plan de fronteras,
    práctico, fácil, todo mi secreto consiste en oponer la civilización a la barbarie,
    las casas de azotea a los toldos, los caballos a pesebrera a la tropilla, colonos
    alemanes con escopetas en vez de los pobres gauchos desarmados, no pedía
    un ochavo, pedía la concesión del terreno después del éxito. No me han hecho
    caso, pida Ud. a Mitre copia de ese plan de fronteras, quizá Ud. en los Estados
    Unidos lo podría realizar. Después he hecho otro esfuerzo por el país, en
    septiembre le escribí para ver si quería ocuparse de conquistar un mercado.
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    Quizá no me contesten. Ya ve Ud. que no soy proyectista, les indico pro amore
    patrie que hagan, pero no harán. No se alarme Ud. por esto. El país hará, el
    país acabará por tener fronteras como yo las indico, tardará más pero las
    tendrá y al fin y al postre los europeos comerán carne seca, lo que es una
    lástima, es que perdamos cien años para hacer lo que se hubiese hecho en
    diez años. Con un poco de previsión la guerra paraguaya en vez de durar un
    año, hubiese durado un mes y lo mismo de lo demás.
    Para concluir voy a dar a Ud. una noticia como dicen los portugueses. Save
    que mais. Ya emigró la inteligencia, hemos visto en nuestros días, lo que en el
    año 48 creíamos que alguna vez podría suceder, se acuerda Ud. cuando me
    decía: de oriente a Grecia, de Grecia a Italia, de Italia a Francia, pues hijito ya
    está el centro del mundo en los Estados Unidos. Está Ud. en el centro del
    mundo. Los europeos no lo dicen aún, pero ya lo sienten, que respecto a los
    yankees están como los chinos respecto a ellos. Y esto es nuevo. Si viera Ud.
    qué pavor infunden los hombres de Grant y Sherman, esos dos brazos de
    gigante y el borracho Johnson, como sigue después de Lincoln ¡qué
    superioridad!, qué chiquitos están Napoleón III y su perro, los reyezuelos de
    Europa. La Inglaterra toda vieja, tierra, gente, aristocracia, ministerio y reina.
    Palmerston se muere. Y Cobden se muere y Gladstone dice seremos algo
    como la Noruega o la Holanda. Hemos vencido amigo D. Domingo la grande, la
    inmensa unión llevará el mundo a remorque. Como Gulliver llevaba la escuadra
    de los Lilliputienses. Dígame Ud. qué harán los yankees de México y de los
    franceses. Lo mejor sería tomar a esos gabachos y darlos entre las familias del
    oeste, como Aldao daba los chinitos que tomó en Malargüe. Muchos de ellos
    han acabado por ser buenos peones de bozal y rienda, pues muchos de esos
    gabachos podrían llegar a ser ciudadanos. Cuénteme lo de México; sigo esa
    cuestión con sumo interés, es la última tentativa de los europeos sobre América
    y curiosísimo como episodio final. Cuénteme lo de México. Otra cosa. Hágame
    Ud. el favor de escribirme. Cómo debo poner el sobre de mis cartas para Ud.
    Le mando un borrador de mi última carta a Mitre, ¿qué le parece? Contésteme
    a vuelta de correo.
    Por ahora no pienso ir a Nueva York. Mi viaje no se realizará hasta fines del
    entrante año de 1866, pero sólo será viaje, por el giro que toma la educación
    de Santiago, es preciso que sea Bachiller en lettres et en sciences, como debe
    vivir entre chinos el pobre tiene que ser letrado.
    Adiós, hasta luego, su amigo
    Santiago Arcos
    M.H.S N° 1.326 Carpeta 1326
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    Burdeos, 1
    o
    de febrero de 1866
    Mi querido Sarmiento
    Recibí con atraso su libro y su carta. He leído el libro de Lincoln con cuidado y
    ojalá produzca en todos, el efecto que sobre mi ha producido, esto es reunir en
    cuerpo de doctrina mis vagas admiraciones por esa águila inmensa que ha
    bautizado al siglo XIX “los tiempos de Lincoln”.
    Qué espléndido triunfo Sarmiento. Viviremos aún para ver a la Inglaterra
    reducida al humilde papel de la Holanda. Los franceses hablarán de sus
    victorias de Marengo y África como oíamos hablar a los Españoles de San
    Quintín y Lepanto allá en nuestras mocedades. Todo eso se perderá en el
    horizonte y la Gran República brillará sobre el mundo, no como el sol de Carlos
    Quinto o Luis Catorce, candil que sólo brillaba para la servidumbre de sus
    señores, pero como verdadero sol, eterno como la justicia y el derecho. Es
    preciso vivir lejos de ese foco de luz para ver lo que pasa, para palpar la
    preponderancia inmensa de los Estados Unidos, para comprender que la
    Europa se ha dejado bolear por su falsa ciencia, por sus pequeñeces, sus
    ridículas ambiciones y su orgullo chinesco. ¿Qué hacer? Huir, no. Cuando
    nosotros andábamos desnudos ellos vinieron a vestirnos y nos enseñaron lo
    poco que sabían. Nosotros debemos hacer otro tanto. Yo me declaro desde
    ahora el sucesor de don Núñez Cabeza de Vaca, que pasó treinta años entre
    los indios del Missisipi antes de ir a colonizar el Paraguay. Yo aquí me quedo
    porque estoy entre bárbaros y cuando esto no me baste iré a España, porque
    allí encontraré mi Malargüe.
    Anote Ud. que soy el primer emigrante.
    Pero hablemos más de su libro. Es bueno, sólido aunque pesado, para leerlo
    es necesario amar al derecho y a la libertad. Se me figuraba Ud. uno de esos
    actores fríos que dicen su papel con monotonía. Sabiendo muy bien sus
    relaciones, dando a cada palabra su verdadero valor, pero contando con la
    inteligencia del público, más que con las inflexiones de la voz para hacer
    resaltar el alcance del pensamiento. Llega el asesinato y el escritor veterano se
    quita el poncho, el drama crece, el lector excitado sin saber por qué resorte
    oculto se apresura y el amigo dice que el autor del Facundo puede firmar la
    Vida de Lincoln, como el autor de la vida de Lincoln puede firmar el Facundo.
    Bravo, viejo, los años no han empañado la inteligencia, la han disciplinado y
    dado mayor vigor.
    Voy a darle noticias mías. Vivo en Burdeos ahora, pero no estoy arraigado en
    ninguna parte. Hasta que Santiaguito haya concluido su educación, yo
    revolotearé por Europa, no quiero sacarlo de aquí hasta que tenga su diploma
    de Bachiller. Después lo haré viajar, iremos al Niágara y al Salto de Guairá.
    Después vendré a acabar a España, quiero ser el primer colono de esa remota
    y aislada región. Estoy muy contento con la mujer, la quiero más ahora que
    cuando me casé y ella me quiere mucho.
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    ¿Qué hace Ud.? ¿Piensa Ud. permanecer mucho tiempo en los Estados
    Unidos? Del Río de la Plata nada sé, nadie me escribe. No le mando a Ud. los
    libros españoles porque no los he encontrado, ni los necesita Ud. para nada.
    Mándeme Ud. sus cartas directamente: M. Santiago Arcos. Rue du Chateau
    des Fleurs N° 1 - Champs Elysées - París. Tengo allí mi cuartel general y su
    correspondencia no sufrirá atraso. Mucho me gusta lo que veo del hijo de Mitre,
    dele Ud. un abrazo.
    Su amigo
    Santiago Arcos
    Dígame Ud. si la dirección está bien puesta.
    M.H.S. N° 1.327 Carpeta 10
    Burdeos, 20 de agosto de 1866
    Mi querido Sarmiento
    Sigue Ud. siendo tan bárbaro como siempre. La diplomacia no le da a Ud. esas
    cultas maneras que consisten en quitarse el sombrero cuando un conocido se
    lo quita y en contestar una carta cuando se recibe. Le he escrito a Ud. dos
    veces y la contestación no llega. No por eso me canso y acá va otra carta que
    espero tendrá mejor éxito puesto que voy a hablarle a Ud. de su pasión
    dominante, como dicen los falansterianos de las escuelas.
    Ha de saber Ud. que sigo muy serio en mi propósito de explorador de esta
    pobre Europa. Ya le expliqué a Ud. en otra carta cómo había abandonado la
    idea de ir a establecerme a Malargüe, porque habiendo encontrado en Europa
    más barbaridad que por allá, me parecía mejor establecerme por acá, y que mi
    propósito era ser el Vasco Núñez Cabeza de Vaca de estos indígenas, y hete
    aquí la primera aplicación de mi papel de colonizador de estas tierras. Sabrá
    Ud. que para estar en más íntimo contacto con estos indígenas, me hice recibir
    masón, cuyos ritos no le son a Ud. extraños. Y entre paréntesis le diré que
    junto con ésta le mando un discurso que pronuncié en la Logia, y mando cuatro
    ejemplares para que lo dé Ud. a quienes más convenga.
    Como estos masones pasan la mayor parte de su tiempo en hacerse señas,
    hemos convenido con algunos amigos utilizar las Logias de Burdeos para que
    todas contribuyan a formar una escuela modelo para educar a los francesitos y
    sacarlos si posible fuese de las garras des frères ignorantins, que desarrollan
    las supersticiones añejas, sin cuidar de desarrollar el entendimiento y para
    esto, es bueno no inventar sino copiar la escuela norteamericana, copiarla en
    sus muebles, en sus libros, en su organización, copiarla material y moralmente.
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    Nadie mejor que Ud. puede guiarnos en esta empresa. Díganos Ud. lo que
    debemos hacer. Si, como no lo dudo hay un librito impreso para guiar al que
    quiere establecer escuelas, que venga; mándenos igualmente un precio
    corriente de los muebles de escuela, sillas y mesas como las que introdujo Ud.
    en Buenos Aires, o más perfeccionadas si existen. En fin, deme Ud. los
    elementos para poder electrizar a estos indígenas y hacerles hacer una cosa
    buena introduciendo los adelantos del nuevo mundo en el viejo.
    Adiós, contésteme muy pronto.
    Su amigo el descubridor y primer poblador de Europa
    Santiago Arcos
    M.H.S. N° 1.328 Carpeta 10
    Burdeos, 30 de junio de 1867
    Mi querido Sarmiento
    Ayer supe por una carta de Neyer que estaba Ud. en París. Si tuviese dinero no
    le escribiría, iría a verlo, pero estoy sin dinero y no puedo moverme, por esto le
    pregunto ¿cuánto tiempo piensa Ud. permanecer en París? ¿Después de París
    adónde irá? ¿Hay alguna probabilidad que pueda Ud. pasar 8 días conmigo en
    Burdeos? Aquí me encontraría a mí primero, a Santiaguito que lo recuerda a
    Ud., a mi mujer que sabe que sin excepción alguna es Ud. el amigo que más
    quiero. Aquí lo cuidaríamos como a l'oncle d'Amerique. Puedo esperar que
    cuando esté Ud. cansado del ruido de París, de esa nada entre dos magníficos
    platos, vendrá Ud. aquí a dejarse querer una semana, para no hablar de nada,
    no pensar en nada, para que haga Ud. un paréntesis en la trabajosa vida que
    lleva.
    Contésteme cuatro letras. 18 Pavé des Chartrons, Bordeaux. Su amigo
    Santiago Arcos
    M.H.S. N° 1.329 Carpeta 10
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    París, 31 de junio de 1868
    Mi querido Sarmiento
    Corre por aquí la noticia de su triunfo completo en las elecciones para
    presidente de la República Argentina.
    Su elección denota un progreso en esa tierra y hace honor a la administración
    de Mitre, porque no es Ud. la continuación de la administración anterior,
    tampoco es Ud. la expresión del provincialismo contra Buenos Aires ni
    viceversa. Es Ud. el candidato de los hombres inteligentes y yo me alegro de
    su triunfo como de un triunfo de la inteligencia.
    Mal llevada, mal comprendida, mal servida, y con todos los males que quiera
    Ud. añadirle, la República, la Santa República vivifica esa tierra y eleva la
    mente de la patria argentina, y sus santos principiarán a llamarse Sócrates,
    Cristo, Franklin, Washington y Lincoln y no San Atanasio, Santo Domingo,
    Santo Tomás o el Siervo de Dios Bardesi y otros brutos que siguen
    guanándose en Chile, Bolivia y el Perú, ni como Bismarck, Napoleón o Pío
    Nono que guanean con caca de ganso esta pobre Europa que cada día está
    más bruta, vieja y tonta.
    A pesar del triunfo de la inteligencia no crea Ud. que lo felicito mucho por la tal
    presidencia, allá también hay como por acá, mucho estiércol que sacar amigo
    Sarmiento y no es lecho de rosas en el que va Ud. a acostarse. Tiene Ud. a
    Urquiza y toda la canalla federal, más indomables, más embusteros y más
    falsos que maneador de cuero quemado, pero yo no le tengo pizca de lástima.
    Yo lo considero a Ud. como una pala o una escoba, algo como una máquina
    civilizadora. Hoy le dicen los argentinos. “Ea, Ño Domingo, ahí tiene Ud. Limpie
    Ud. y trabaje duro.”
    Si sale Ud. bien en su tarea, bueno no habrá hecho cosa que nadie le
    agradecerá puesto que su oficio es dar vida intelectual y domar a la mula
    chúcara que le van a entregar. Si le hacen a Ud. revoluciones, si lo fusilan o
    ahorcan, este detalle probará que la pala o escapa (sic) tenía mal mango o le
    faltaba algún requisito. Pero fusilado o muriéndose de viejo en su cama, habrá
    Ud. cumplido con su deber y por eso es que lo felicito muy de veras. Lleve Ud.
    adelante la idea republicana y salga lo que saliere.
    Yo siento no poderle ayudar en nada ni tener nada que pedirle. He emigrado
    aquí y aquí me quedo. ¿Inútil? Quizá no, pero completamente ignorado y como
    la levadura, destinado a desaparecer cuando se principia a cocer el pan.
    Mi hijo crece, creo que tendrá un nombre como pintor y lo educo de manera
    que ame lo justo y lo bueno. Adiós.
    Mon cher condamné aux travaux forcés a perpetuité... Trabaje Ud. y si para
    algo cree Ud. que yo puedo servir no olvide Ud. que aunque presidente lo
    quiere siempre su amigo
    Santiago Arcos
    París Rué Bassano N° 1
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    M.H.S. N° 1.330 Carpeta 10
    Madrid, 8 de diciembre de 1868
    Mi querido Sarmiento
    Para evitar confusión pongámonos cada uno en nuestro papel. Usted es Felipe
    II, el gran monarca que conquistaba tierras por medio de sus adelantados sin
    gastar un maravedí. Yo soy el adelantado Nuño Cabeza de Vaca, conquistador
    del Paraguay, que doy parte de mis exploraciones de estas tierras que están
    por conquistar a la idea liberal que es la fe del siglo XIX.
    Hechas estas advertencias y dando rango de Alférez Real a D. José Guerrico
    que, según dicen, va de Secretario de Legación a París, a donde queda de
    besarrey el baboso de Balcarce, que sea dicho de paso, debería servir sin
    sueldo, pues para lo que hace, bastante tiene con los honores del empleo.
    Principia mi relación a foja vuelta:
    Al Excelentísimo Presidente de la República Argentina, D. Domingo F.
    Sarmiento
    Después de haber residido algunos años con las tribus que viven al norte de
    una cadena de pequeñas serranías llamadas Pirineos por los aborígenes de
    este continente, decidí marchar hacia el sur y venir a fijar mi residencia en las
    altas planicies de la Península llamada Ibérica en el lenguaje de estos
    bárbaros. Varias razones tuve para ello Excelentísimo Señor. El clima de estas
    altas planicies, seco y vigorizante, convenía más a mi salud que cuidar tengo
    para el mejor servicio de Vuestra Señoría y el estado moral de los moradores
    me daba mejores ocasiones de predicar la fe a los chapetones que a los
    franchutes o gabachos. Estos últimos se hallan bajo el dominio de un astuto
    cacique llamado Napoleón (que en lengua de estas tribus significa hombre que
    parece león siendo aygurá o zorro grande). Dicho Napoleón los tiene tan
    azonzados por los vicios que en ellos fomenta como ser codicia, mezquindad y
    lujuria, que pasarán años antes que la luz de la verdad penetre en la
    embarullada mente de los franchutes.
    Las tribus de Iberia, aunque mucho más atrasadas en las artes mecánicas y
    mucho más rudas que los susodichos franchutes, hicieron no ha mucho un
    gran Camolieu que los chapetones llaman pronunciamiento. Se dieron de palos
    unos con otros, se tiraron de las mechas y la caciqueza que tenían se asustó y
    fue a refugiarse a las tolderías del cacique Napoleón y los chapetones
    quedaron como moros sin señor. Yo siempre atento al mejor servicio de V.S.
    he aprovechado para escribirles una plática, con la esperanza aunque lejana
    que en un Gran Parlamento que estos chapetones llaman Cortes las buenas
    ideas germinen como el dátil que el árabe planta en las arenas del desierto.
    Aunque la plática va escrita en el bárbaro idioma de los chapetones, me atrevo
    a esperar que con algún estudio podrá V.S. entenderlo y que se dignará
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    aprobar los esfuerzos que por la buena causa hace su adelantado en estas
    lóbregas comarcas.
    Beso la mano de V.S.
    Vasco Nuño Cabeza de Vaca
    Vulgo
    Santiago Arcos
    Santiaguín está bueno y lo educo en las más puras máximas de la verdadera
    fe. Cuando tenga un rato desocupado, escríbame.
    9 calle de Preciados. Madrid
    Santiaguito y yo mandamos memorias al Dr. Vélez.
    M.H.S. N° 1.330 bis. Carpeta 10
    Señor D. Santiago Arcos
    Buenos Aires, septiembre 25 de 1869
    Estimado amigo español
    ¿Qué hubo del Diputado a Cortés republicano? ¿Ha despertado Ud. de su
    sueño y encontrádose bajo la férula de un rey? Mucho me temo que
    desfallezca el visionario y se acuerde de su amigo el Presidente que nunca se
    hizo ilusiones sobre la libertad, la república y la democracia, trabajando sin
    embargo, sólo porque está persuadido de que la obra es larga, sino imposible.
    Sentiría que no hubiese Ud. leído un artículo del Espectator de Londres sobre
    el Mensaje más notable uttered by, el nombre más notable en las
    circunstancias más notables de un Estado de la América del Sur. Hánlo
    reproducido los diarios más notables de Norteamérica, ya porque me conocen
    y estiman, ya porque les sorprendía ver a un tirano, un régulo sudamericano
    luchando con los pueblos republicanos para hacerlos si puede (¡no lo
    conseguirá!) libres.
    Llevo un año de gobierno y dígole a Ud. con verdad que con aprobación de
    todo lo que es ventre en la sociedad, aplausos de pocos, satisfacción de
    muchos, y reprobación de cuanto hay de tradicional, ignorante, francés y pobre
    de ideas, Mitre a la cabeza. Este Proteo del pueblo es hoy anarquista,
    porteñista, separatista, etc. Todo lo que pueda crearle un círculo en esta
    sociedad donde Ud. recuerda el dicho de Tejedor “ni se pierden ni se ganan
    reputaciones”. Lo tengo de frente con la Nación Argentina redactada por aquel
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    Gutiérrez que por celos hubo de hacerlo asesinar a Ud. y con todo lo que él
    mismo combatió como presidente.
    Su primer ataque fue sobre unos pícaros entrerrianos que se sublevaron, y él
    creyó que debía excitar la simpatía que con los criminales (¡circunstancias
    atenuantes del jurado!), tiene nuestra católica raza. Su segunda fue defender a
    un salteador, su tercera campaña, oponerse a un contrato de puerto que se
    necesita hace tres siglos en Bs. As. Hasta aquí todas sus discusiones, sus
    proclamas se estrellan contra la roca del viejo Vélez, mi Ministro, que le dice sin
    encono “eso que dice es obra de sus pasiones y no de sus estudios”. Sin
    embargo, él es, o se cree el caudillo de Bs. As., este mito que no significa nada
    y gobierna la república con cuatro explotadores como Mitre y Cía., tanto más
    peligrosos como más se parecen a sus representados.
    Ya he dicho a Ud. más de lo que corresponde a S. Exa. el presidente de una
    república sudamericana, para provocar a un Diputado desechado de la España
    libre a abrir un poco los arcanos de su política y comunicar sus impresiones.
    La guerra del Paraguay concluye por la simple razón horresco referens, que
    hemos muerto a todos los paraguayos de diez años arriba.
    Téngame al corriente de su situación, esperanzas y desencantos, y mande a su
    amigo.
    Obras Completas de D. F. Sarmiento. Tomo L, pág. 260, Marquez Zaragoza y
    Cia, Buenos Aires, 1902.
    París, 16 de julio de 1870
    Mi querido Sarmiento
    Para saber y contar y contar para saber. Pan y harina para las monjas
    Agustinas, harina y pan para las monjas de San Juan.
    Erase una Reina y un Rey ambos muy brutos. La Reina tenía y tiene aún,
    aspecto e instintos de Maritornes y el Rey tenía y tiene aspecto e instintos de
    maricón. Ambos desgobernaban un rincón del mundo que por el aspecto de la
    tierra y los instintos de sus habitantes puede llamarse el África de Europa.
    Fueron tantos y tan escandalosos los desaciertos que, aunque españoles, sus
    súbditos se cansaron y los echaron fuera de fronteras. Esta desavenencia
    puramente doméstica ninguna consecuencia hubiera traído si dicha Reina no
    hubiese tenido un hijo adulterino llamado el príncipe D. Alfonso que por ser hijo
    de un oficial de Ingenieros de la Reina Maritornes y reconocido como hijo
    propio (mediante una fuerte propina) por el Rey Maricón era el heredero
    legítimo de la corona de Pelayo y Carlos IV.
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    Pero el tal príncipe debía causar males sin cuento, sobre todo porque lo había
    bendecido un brujo muy dañino llamado Pio Nono, que mataba cuanto tocaba.
    Reinaba en ese entonces en las vecinas tierras de Francia, un emperador o
    sea un Napoleón que fue travieso cuando niño. Audaz y enérgico cuando
    hombre pero que la vejez había entontecido. Este Napoleón tenía por esposa
    una mujer bonita pero de tan estrecho entendimiento como su frente era
    estrecha.
    Los Reyes destronados fueron recibidos con mucha cortesía por los
    emperadores entronizados y el príncipe Alfonso se hizo muy amiguito del
    príncipe imperial de Francia.
    Jugaban ambos niños, ambos niños iban al mismo palco a ver comedias y
    carreras y los papases y mamases miraban con ojos húmedos por el amor
    paterno ambas criaturas.
    Esta importantísima consideración contribuyó exclusivamente a que los
    emperadores entronizados decidiesen poner sobre el trono de España al
    destronado, o más bien tronado, príncipe de Asturias.
    Pero esto de entronizar príncipes no es soplar y hacer limetas, pues es tal la
    desmoralización de los pueblos en nuestro pícaro siglo, que hay algunos
    (aunque muy poquitos) que se creen con el derecho de intervenir en aquello
    que les viene y les va. Hubieron pues de hacerse las cosas con mucha pasma
    y después de sabias reflexiones. Así, cuando los españoles quisieron
    establecer un gobierno mitad árabe y mitad suizo, tal cual les convenía, los
    franceses con mucha cortesía se opusieron a ello diciendo que era sumamente
    imprudente dejarse llevar por la razón en materias de gobierno, pues todo buen
    gobierno debe tener algo de absurdo para tener las necesarias condiciones de
    estabilidad.
    Convencidos los españoles por estas razones se echaron los pobres a buscar
    rey como las razas de antaño. Mientras no lo encontraron, los gobernantes de
    Francia no se apuraron, pero sale de repente un príncipe alemán que acepta el
    hispano solio y aquí fue Troya. Se enoja don Napoleón, ve que su principito de
    Asturias quedaría sin corona y su hijo sin amiguito coronado y hoy 16 de julio
    de 1870 va a principiarse una matanza por mayor de una infinidad de infelices
    que tanto tienen que ver con las coronas como yo con la carabina de Ambrosio.
    Testarudo es el prusiano, impetuoso el francés y ambos muy brutos puesto que
    se van a destrozar sin ton ni son porque el príncipe francés vea a su amiguito
    rey de España y sobre todo porque D. Guillermo quiere mandar en su casa y
    en la ajena y don Napoleón en la ajena y en la propia y los franceses trabajan
    con gusto por remachar sus cadenas y los prusianos hacen otro tanto.
    Decididamente, presidente amigo, esta Europa merece el colérico desprecio
    que inspira el desgraciado cuando es necio.
    No sé cómo le habrá contado a Ud. el cuento el señor don M. Balcarce y su
    secretario Guerrico, pero la verdad es este cuento de brujas que yo le cuento y
    que sirve de encabezamiento a una carta de recomendación que debe darle a
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    un muchacho muy simpático llamado Gastón Nogués, portador de la presente.
    Todo lo que para él le pido es que lo convide Ud. a comer un día que tenga Ud.
    unos cuantos amigos a su mesa y que hable Ud. unos diez minutos con él. Ya
    sabrá hacerse Gastón Nogués amigos de los que con él coman y que le serán
    en sus aspiraciones mercantiles más útiles que el Presidente, puesto que un
    Presidente para ser bueno debe ante todo ser útil para con sus amigos.
    Hombre, esta última sentencia es errónea, puede Ud. serme útil, en las últimas
    discusiones no he podido ir a las Cámaras. ¿No podría Ud. nombrarme, algo
    como pegado o agregado o amarrado a la legación de París? Sin el más
    mínimo sueldo se entiende y sin la más mínima obligación de trabajar. Con
    esto podría ir yo a la tribuna diplomática y podría seguir contándole el
    desenlace de mi cuento de brujas que bien podría pasar en la República, si
    como espero en Dios reciben los gabachos la más cabal paliza.
    Señor Presidente, impetro por tanto un nombramiento sin sueldo y con éstas
    me despido. Si no fuese por mi hijo Santiaguito que quiere ser pintor, quizá me
    iría a acabar mis días por esas marcas, pero la paternidad me tiene aquí
    clavado y aquí me quedo para lo que Vuecencia guste mandar.
    Memorias al Dr. Vélez, a D. Bartolo y mi buen amigo Paunero y Ud. ya sabe
    que lo quiere bien de veras su compañero.
    Santiago Arcos
    M.H.S. N° 1.331 bis Carpeta 10
    Chateau de la Grave, 6 de octubre de 1870
    Mi querido Sarmiento
    Déme Ud. un cuarto de hora y lea con paciencia y mucha atención esta larga
    carta pues hablo “Pro Patria”.
    En 1847, a principios de octubre, pasé la cordillera, casi cerrada, y llegué a
    Mendoza con ánimo de explorar los campos en donde habían guerreado los
    Pincheiras. Algo sabe Ud. de mi correría pues creo recordar que antes de
    publicar en la Revista de Santiago mis “Cuentos de tierra adentro”, leyó Ud. el
    manuscrito; pero siendo probable haya Ud. olvidado las apreciaciones que
    formó entonces su ex compañero de viaje, le recordaré: que conseguí
    fácilmente me diesen en Mendoza como baqueano a un teniente Seguel,
    lenguaraz y muy conocedor de los campos del sur, y que salí con él y tres
    peones para esas tierras ignotas.
    Vadeamos el río de Mendoza, en Luján, no recuerdo donde el Tunuyán y
    dejando el fuerte de San Carlos a mano izquierda seguimos faldeando la
    cordillera y siempre rumbeando al sur pasamos el Diamante en el Paso de
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    Urrutia, dejamos a mano derecha el Cerro de los Buitres, pasamos el Atuel. La
    sequía del Atuel y a unas 26 leguas sur del Paso de Urrutia, con la caballada
    ya en mal estado, acampamos cuatro o cinco días en el manantial de los
    Chacayes porque allí encontramos agua muy buena y buenos pastos. Durante
    nuestro descanso en el Manantial de los Chacayes fui con Seguel a tirar patos
    en las ciénagas de Malargüe, los peones tomaban cuantos quirquinchos
    necesitábamos y confieso que conservo el más grato recuerdo de esos días
    pasados a lo Robinson Crusoe.
    Del Manantial de los Chacayes fui con mi gente al Paso de Yancanelo con
    ánimo de cruzar allí el río Colorado; pasamos fácilmente, con el agua al estribo,
    el Pichichacay y Buta Chacay con alguna dificultad y mojando los pellones, el
    río Malargüe pero no nos fue posible vadear el río Colorado. Seguel creyó
    poderlo pasar más arriba y volviendo hacia Malargüe entramos en los terrenos
    ásperos de cordillera y después de una marcha penosísima llegamos
    rumbeando al sureste a las lomas de Bella Vista que dominan el río Colorado.
    En Bella Vista encontramos una pequeña tribu de indios, unos treinta o
    cuarenta que vivían bajo sus toldos de cuero y que esperaban la baja del río
    para poderlo vadear. Felizmente Seguel era amigo del cacique y allí pasamos
    otra semana boleando guanacos y comiendo corderos y quirquinchos. Lejos de
    disminuir, el río crecía todos los días, y bien a pesar mío tuve que regresar a
    Mendoza sin haber llegado a los Piñales a donde debíamos llegar después de
    seis días de marcha, según los cálculos de Seguel, pero según lo que me decía
    el cacique no hubiésemos llegado ni en veinte días más de mucho caminar.
    Cuando hice este viaje (hace ya veintitrés años) las últimas habitaciones que
    encontré fueron unos cuantos ranchos al norte de Diamante, en un lugar
    llamado Chilecito. Del Diamante al sur, ni un alma, ni un árbol, hasta Bella Vista
    en donde topamos con los indios, felizmente indios amigos.
    Todos estos campos se parecen mucho a la parte no cultivada de la provincia
    de Mendoza, más jarilla que pasto, más pajonal que gramilla, y terrenos
    salitrosos a orillas de la laguna de Malargüe como allá cerca de las lagunas de
    Guanacache, como campos de pastoreo, estas faldas de la cordillera, son muy
    inferiores a los campos del sur de Buenos Aires o a los de Entre Ríos y
    Corrientes, pero creo, que utilizando las aguas del río Malargüe y las de los dos
    Chacayes, se podrían formar en esos apartados desiertos, potreros de alfalfa
    como en San Juan y Mendoza y creo que el capital invertido en esa clase de
    trabajos encontraría un rédito crecido y seguro siempre y cuando el capital
    fuese bastante para labrar los potreros sin esperar una ganancia inmediata,
    pues tan lejos de toda población, los alfalfares allí no tendrían valor alguno y
    sólo aprovecharían al ganado que el dueño del terreno pudiese poner en
    engorda en sus propios alfalfares. Pudiendo esperar, y como dice Yago a
    Roderico “with plenty of money in your purse” en ese desierto hoy tan lóbrego
    crecerían lentamente los árboles frutales y rápidamente los álamos que pronto
    darían lo que hace más falta. La madera, esa materia primera de toda
    civilización y tras la cual corría yo en 1847 cuando quería llegar a los Piñales.
    Teniendo alamedas y potreros podríamos llevar fácilmente a esos desiertos,
    población que no tardaría en enriquecerse y dar valor a esa tierra por la cual
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    quiero pagar poco, pero que en la actualidad no vale más y que sin un trabajo
    previsor, puede seguir años y años sin adquirir valor alguno, especialmente en
    un pago que se civilizará al norte porque los ferrocarriles toman ese rumbo. El
    sur quedará bárbaro, si nada se hace por llevar allí población. Si no facilitan
    ustedes de todos modos las especulaciones de los que quieren como yo
    ocuparse de esa parte de la república.
    Quizá le parezca a Ud. este pensamiento muy extraño en un hombre viejo ya, y
    que después de muchos sin sabores, se encuentra por fin con fortuna,
    avecindado en Francia, con buenos amigos en Londres, París y Madrid,
    gozando de esa posición envidiada por la mayor parte de los europeos
    americanos o americanos europeos que por alcanzar esto que yo ahora tengo
    se afanan y que no me satisface. Para que lo extrañe Ud. menos, contaré a Ud.
    en pocas palabras lo que ha motivado mi deseo de volver a las pampas y
    cordilleras y que podríamos llamar, mi conversión en estos tiempos en que
    Renán ha dado popularidad a San Pablo.
    A fines de julio próximo pasado regresó a París mi hijo Santiago de Inglaterra,
    adonde acababa de pasar un año. Deseoso de darle buenas vacaciones
    después de tan larga encerrona en un colegio inglés me vine con él a los
    Pirineos y tanto por recordar pasados tiempos como para darle una idea de
    cómo se viaja en América en vez de tomar coche y recorrer la tierra siguiendo
    el Camino Real, alquilé caballos, busqué baqueano de todas las sendas y
    atajos y nos largamos por caminos extraviados por esas montañas del Pirineo.
    Visitamos le Pic du Midi, los nevados de Vignebrale, le Cirque de Gavarne,
    recorriendo las cumbres y valles de Luchon Bigoise, Barreges, S. Sauverne,
    Eaux Bonnes y Panticosa, que se encuentra en tierra de España.
    Durante esta larga peregrinación pude conversar con los pastores y pobladores
    de las aldeas perdidas durante seis meses entre nieves y comparaba estas
    asperezas tan pobladas, tan ricas en ganados y caseríos con nuestros Andes
    tan grandes pero tan pobres y tan desiertos. Esos andes del sur de Mendoza,
    cuyos valles ofrecerían muchos más recursos que las estrechas quebradas en
    que Vascos y Bearneses se hacen ricos trabajando y economizando durante
    dos o tres generaciones. La plaine de Tarbes, Argeles y Montrejana que
    mantienen más hombres y ganados que las provincias de San Juan y Mendoza
    juntas no valen la tasa de Malargüe y las caídas de Yancanelo; y pensando en
    esto que acabo de ver y en aquello que visité hace veintitrés años, he llegado a
    persuadirme que si pudiese contar con su cooperación, podríamos hacer entre
    los dos algo bueno en esos campos tan lóbregos del sur de Mendoza.
    Podríamos llevar allí una población sana, robusta, trabajadora y económica,
    acostumbrada a la clase de cultivo y a los trabajos que allí convienen. Ni
    Vascos ni Bearneses son franceses como la gente de París o Burdeos. Las
    cordilleras no los espantarían. Pudiéramos crear alfalfares en Malargüe en
    donde los ganados encontrarían pastos durante los meses en que las nieves
    inutilizarían los pastos naturales de la cordillera. En una palabra para no alargar
    demasiado esta ya larga carta quisiera hacer Argeles en los Chacayes, Tarbes
    en Malargüe y Montrejana en Yancanelo. Para realizar este sueño, sólo pido
    que el gobierno de Mendoza no venda los terrenos que denuncio en el sur,
    dándome facilidades para el pago.
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    En mi solicitud (no sé a quién dirigirla por lo que dejo en blanco la primera línea
    que Ud. llenará) verá Ud. cuáles son mis pretensiones.
    Claro es que como presidente nada puede Ud. hacer directamente por mí: pero
    si al pie de mi solicitud informa fulano de tal diciendo “Es conveniente se
    acepten las propuestas formuladas por don Santiago Arcos”. El precio que
    ofrece es equitativo y aunque fuese menos, el Estado en transacciones de esta
    naturaleza debe tener miras más elevadas. Don Santiago Arcos por su propio
    interés debe dar el mayor impulso y seguridad posible a sus establecimientos y
    estos establecimientos darán precisamente valor a los inmensos terrenos que
    posee el Estado al norte de los Chacayes, en todo el curso de los ríos
    Diamante y Atuel, y los establecimientos que allí se formen no tardarían en
    convertirse en núcleos de poblaciones de inmensa importancia, pues sólo las
    poblaciones formadas en el Alto Río Colorado, tendrán interés en navegar este
    río para exportar sus productos agrícolas y es inútil observar que la navegación
    del Colorado es el modo más eficaz de dar seguridad a los campos
    amenazados hoy por la indiada. Las provincias de Mendoza, San Luis,
    Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires, por el sólo hecho de navegarse el
    Colorado, doblarían sus campos de pastoreo. Aunque sólo se tomase en
    consideración este último resultado, el gobierno debería fomentar y facilitar las
    especulaciones que se dediquen a la explotación de nuestros campos del sur
    oeste.
    Fortificada mi petición por media docena de informes por este estilo el
    gobernador de Mendoza, previamente autorizado por la legislatura provincial,
    para efectuar la venta diría: “Como se pide: preséntese el interesado para
    practicar la mensura”. El gobierno provincial mandaría el expediente al
    gobierno nacional y previa autorización del Congreso, Ud. le pondría la última
    mano y podría mandar el expediente a Balcarce.
    Teniendo en la maleta un documento de esta clase, atravieso otra vez el
    Charco y si no, no. Y creo que no pasarán seis años sin que los trigos de
    Malargüe lleguen a Bahía Blanca y las vacas engordadas en Malargüe a Talca.
    Esto como resultado material. Como resultado moral habría en Malargüe gente
    abonada al Times, al Illustrate London News, a la Revue des Deux Mondes, et
    a l'Artiste y quizá en esas soledades unos cuantos ex elegantes, semi
    arruinados por la caída del Imperio, pero que aún tienen algunos billetes de mil
    francos y que algo desengañados están entusiasmados con la idea de ir a vivir
    lejos de la civilización europea o más bien parisiense.
    Haga Ud. esto por los Andes del sur, por su amigo e incorregible aventurero a
    quien los laureles de Brigham Young gustan el sueño, y que no quiere que el
    yankee que hizo Salt Lake deje de tener su competidor en Malargüe.
    Santiago de Arcos
    36 avenue de Friedland
    París
    M.H.S. N° 1.331 Carpeta 10
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    Chateau de la Grave, 6 de octubre de 1870
    Exmo. Sor.
    Santiago Arcos, actualmente avecindado en París (Francia) como mejor en
    derecho haya lugar, y con el mayor respeto se presenta y dice:
    Que deseando formar en el sur de la provincia de Mendoza, establecimientos
    para la cría y engorda de ganados mayores y menores, así como para trabajar
    esas tierras, hoy baldías y llevar allí pobladores en suficiente número para
    poner dichos establecimientos a cubierto de las indiadas que suelen visitar
    esos campos ofrece:
    Comprar los terrenos comprendidos entre los límites que a continuación
    designa:
    Por el Norte: una línea que partiendo del manantial de los Chacayes fuese a
    buscar los nacimientos del río Colorado en la Cordillera Grande.
    Por el Naciente: una línea que partiendo del mismo manantial de los Chacayes,
    fuese a buscar el punto donde el arroyo Pichi Chacay entra en la Laguna de
    Malargüe, desde este punto la margen occidental de dicha laguna hasta el
    punto en donde recibe el río Malargüe, y desde este último punto una línea que
    atravesando dicho río iría a buscar el paso de Yancanelo sobre el río Colorado.
    Por el Sur: el curso del río Colorado.
    Por el Poniente: el curso de dicho río Colorado hasta encontrar el punto ya
    mencionado donde remataría la línea que vendría del manantial de los
    Chacayes a buscar los nacimientos del río Colorado.
    La compra de estos terrenos se verificaría del modo y bajo las condiciones
    siguientes:
    Los terrenos que pueden regarse con las aguas del Pichi Chacay, del Bula
    Chacay, Malargüe y río Colorado, se pagarían a razón de quinientos pesos
    plata (pesos quinientos) por cada legua cuadrada.
    Los terrenos de cordillera que no pueden regarse, ya sea porque los arroyos o
    ríos estén demasiado encajonados, ya porque fuese necesario abrir nuevos
    cauces a los arroyos para utilizar sus aguas se pagarían a razón de cincuenta
    pesos plata (pesos cincuenta) por cada legua cuadrada.
    Para determinar de una manera que haga fe el área de los terrenos de regadío,
    así como la superficie de los terrenos de cordillera contenidos entre los límites
    ya dichos. Si el Gobierno acepta los precios ofrecidos el que suscribe
    practicará una mensura de dichos campos, adjuntándose un agrimensor
    nombrado al efecto por el Estado, que dará fe de la exactitud del plano que se
    levante debiendo dicho plano servir de base al contrato de venta. Los gastos
    que esta mensura ocasione serán partibles por mitad: una mitad será pagada
    por el Estado, la otra mitad por el comprador.
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    En consideración que al retirarse a una región tan apartada el que solicita la
    propiedad de estos terrenos hace un servicio al Estado, llevando 40 leguas al
    sur del fuerte de San Rafael la frontera sur de la provincia de Mendoza, y
    contribuye por la población de los campos de Malargüe a aumentar el valor de
    los campos baldíos del Diamante y del Atuel.
    Se cree con derecho de pedir se le conceda el título de propiedad en el acto de
    presentarse los cuadernos y plano de mensura dándole además para efectuar
    el pago, los plazos siguientes:
    El total importe que tuviese que pagar por los terrenos, una vez determinada su
    área por la mensura, se dividirá en siete partes iguales que serán exigibles en
    siete plazos. El primer plazo será exigible al principiar el cuarto año después
    que se haya entregado al solicitante el título de propiedad y puesto en posesión
    del terreno; el segundo plazo, al principiar el quinto año, el tercer plazo al
    principiar el sexto año, y así de los demás de manera que la totalidad del área
    mensurada quede pagada al principiar el décimo año.
    Al efectuar cada pago se marcará en el plano de mensura y se levantará acta
    del área de terreno adquirido por el pago efectuado, para el caso que si por
    causas imprevistas, no pudiese el comprador verificar el pago de uno de los
    plazos estipulados, los terrenos por los cuales hubiese pagado queden de su
    legítima propiedad y vuelvan a poder del Estado los terrenos por los cuales
    hubiese dejado de pagar, todo lo cual quedaría atestiguado en el acta que en
    este caso se levantaría al efecto.
    El que suscribe para mejor inteligencia de la presente solicitud, adjunta un
    plano (N° 1) que indica aproximativamente la posición geográfica de los
    terrenos que denuncia, y otro (N° 2) que indica aproximativamente la superficie
    de los terrenos de regadío y de cordillera que denuncia. Para la delineación de
    ambos planos el que suscribe sólo ha podido valerse de sus recuerdos
    personales después de una ausencia de veintitrés años y las inexactitudes o
    errores que puedan resultar al comparar estos planos con los que se formen
    después de una mensura definitiva, no podrán en ningún caso servir como
    motivo para invalidar las resoluciones que puedan recaer sobre la presente
    solicitud.
    Es Gracia
    Exmo Sr.
    Santiago Arcos
    36 Avenue Friedland- París. Francia
    M.H.S. N° 1.331 Carpeta N° 10
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    Londres, 15 de julio de 1871
    Mi querido Sarmiento
    Mucho le agradezco su carta del 29 de mayo que ayer llegó a mis manos, así
    como el interés que me demuestra Ud. al hablarme como lo hace. Pero Sr.
    Exmo. no estamos conformes.
    Yo no me quedo atónito al mirarle en su sillón de presidente. Está Ud. haciendo
    lo que me ha dicho siempre que haría, y no puede Ud. quejarse, pues pocos
    hombres han podido realizar más y mejor sus propósitos.
    Quería Ud. la república para su tierra. Quería Ud. acabar con el poder bárbaro
    e infecundo de los caudillos. Ud. los ha visto caer uno tras otro. Rosas en
    Caseros. Urquiza en Pavón. López allá en las selvas tropicales y el último
    entrerriano de la escuela de Artigas, qué sé yo dónde. Y ahora tiene Ud. la
    república en su tierra, esa fecunda república que puede perseguirme con sus
    ferrocarriles hasta Malargüe.
    Quería Ud. servir la república, y en el año de gracia de 1871 es Ud. presidente,
    esto es el primer servidor, no se queje Ud. Vino la guerra de Entre Ríos y con
    Ud. o al menos bajo su administración triunfó la buena causa. Buenos Aires ha
    sufrido la fiebre amarilla que bajo un Rosas lo hubiera reducido al estado actual
    de Bahía Blanca pero con la república Buenos Aires aguanta y veo en los
    diarios ingleses que piensan Uds. gastar millones para cerrar sus puertas a tan
    desastrosas visitas, todo esto me dice que hace Ud. muy bien su papel de
    presidente constitucional, papel algo tonto en verdad pero ése es el papel del
    presidente constitucional. El papel de caudillo es mucho más brillante y por
    eso, el caudillo llega a ser más popular que el presidente. Pero Ud. es
    presidente para matar moralmente al caudillaje y el precedente que establece
    Ud. por su administración es la realización práctica de los sueños de la
    república que Ud. me enseñó a considerar con respeto, lo que a pesar de vivir
    en Europa no he olvidado.
    El domingo pasado pasé dos horas con el ex emperador Napoleón III —al
    hombre de orden hubiese podido llamar utopista— pero a Ud. el hombre de la
    república no podría decirle otro tanto y por tanto digo que el porvenir pertenece
    a la república y que los pelucones de todos países son unos soñadores y
    utopistas de lo imposible.
    Permítame Exmo. Presidente llamar su atención sobre otro error que encuentro
    en su carta del 29 de mayo. Califica Ud. de Idilio poético mi proyecto de adquirir
    las tierras de Malargüe; no es así.
    La compra de Malargüe era 1
    o
    un buen negocio. Ofrecía por cada legua de
    terreno susceptible de regadío $ 500 plata y 50 pesos plata por legua de
    terreno de cordillera, y con este pago no defraudaba al Estado pues pagaba el
    precio por el cual particulares han vendido propiedades mucho más cerca de
    Mendoza. El Estado hacía de todos modos un buen negocio vendiéndome esas
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    tierras y yo al comprar Malargüe hacía mejor negocio que comprando tierras en
    Entre Ríos, en el Chaco o en Misiones.
    En esos lugares, la cría del ganado depende de las lluvias del cielo; un año de
    seca destruye el fruto de 7 años favorables; en Malargüe, no. Allí pueden
    formarse potreros de alfalfa —que aseguran en todo tiempo la mantención del
    ganado— y los potreros de alfalfa tal cual pueden formarse en Malargüe no
    pueden hacerse lejos de los Andes, porque allá en las tierras de Cuyo la pisada
    del animal no destruye la alfalfa, como sucede en el Chaco, Misiones o Entre
    Ríos. En el Melocotón, 12 leguas al sur de Mendoza, he visto potreros de 80
    años en donde un riego bastaba, cuando vacas, caballos y ovejas habían
    talado el potrero hasta la raíz, para que volviese la alfalfa tan lozana y tupida
    como en un potrero recién sembrado. En Chile los potreros duran hasta diez
    años en buen estado, porque allí los terrenos son inferiores a los de Cuyo. En
    Entre Ríos o el Chaco un potrero de alfalfa, en que se echarían a engordar 6
    animales por cuadra, no duraría un año. En Malargüe aunque se le echen diez
    animales por cuadra los potreros durarían un siglo. En ese lugar tan apartado
    yo hubiese encontrado fácil y seguro mercado para todo lo que hubiese podido
    criar, pues los chilenos hubiesen venido a comprar a Malargüe como van a
    comprar a Mendoza o a San Juan y en Malargüe hubiese podido vender a
    mejores precios que los que crían en el arroyo de los huesos o en el Mocoretá.
    Ayudando el escaso pastoreo que el animal encuentra en los cerros, con el
    potrero, la crianza de ganado deja de ser un negocio eventual para convertirse
    en negocio cuyos resultados pueden calcularse de antemano; además con sólo
    salir y entrar, aunque sólo sea dos días en el mes, en los potreros los animales
    se amansan, se ven más y se asegura la parición de vacas, yeguas y ovejas.
    En cuanto a los peligros de robos por lo indios ranqueles, ríase Ud. de ello
    Exmo. Sr., que si los indios roban es porque los señores hacendados se dejan
    robar. Los señores hacendados gustan tener rodeos de 6.000 cabezas, pero no
    les gusta pagar a más de cuatro peones para guardar 6.000 animales.
    Dicen que es locura gastar dinero en corrales, en zanjear, en tener siquiera un
    escopetero por cada 300 cabezas porque son tan ineptos como mezquinos y
    miserables, y porque para guardar sus vacas allí está el Gobierno —pero ellos
    no hacen nada para guardarlos—. Mucho gritan contra los pobres gauchos,
    pero mayor razón tendrían los gauchos de gritar contra los hacendados. Se
    queja un propietario de 10.000 cabezas que el gaucho sea tan indio como un
    muluche, pero se le hace cuesta arriba gastar 80 duros para construir la casa
    que civilizaría al gaucho.
    Yo no hubiese seguido ese sistema en Malargüe, hubiese gastado más y
    ganado más, con que Sr. Presidente un idilio suele parar en desastre, pero un
    buen negocio suele parar en Idilio, ganando y dejando ganar es como se hace
    Argeles. Pero no hablemos más de ello, tienen ustedes ocasión de utilizar las
    tierras de Malargüe para facilitar la construcción de un camino de fierro. Locura
    sería vender a un particular esos terrenos exponiéndose por una venta a
    entorpecer la operación que mayores frutos puede dar a esa parte del país y
    por tanto no insisto en querer adquirir Malargüe.
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    Si hubiese recibido su contestación una semana antes no hubiese escrito al Dr.
    Vélez, a quien dirá Ud. de mi parte que considere como no llegada la carta mía
    que le remitió Balcarce por el último correo. Siento mucho que se evapore mi
    Idilio tan estudiado pero comprendo que la posibilidad de un camino de fierro,
    vale más que la seguridad de un establecimiento por bueno que fuese en el sur
    de Mendoza.
    Dispense Ud. tanta charla, pero ésa su palabra Idilio me ofendió como
    acusación de senilidad pueril y he tratado de defenderme.
    Me quedan otros puntos de su carta por contestar y voy a hacerlo. Mientras
    guerreaban en Francia aproveché para llevar mi hijo a Italia. La visité toda y
    bien, en Roma permanecí tres meses pero tuve la debilidad de ir a ver a Pio
    Nono, que me echó la bendición el día antes de salir para Egipto y Tierra
    Santa. Y como el Papa es jettatore, entre Roma y Nápoles me quebré una
    pierna y tuve que renunciar a mi viaje a Oriente. Ya estoy casi bueno y puedo
    andar sin muletas. Respecto a prusianos y franceses, pensamos del mismo
    modo. Hace 30 años que los alemanes se educan para saber pensar y hace 50
    que los franceses están acostumbrados a que otros piensen por ellos.
    Principiada la contienda el resultado no me ha sorprendido y si admiro mucho a
    los alemanes y a sus jefes militares no admiro tanto como la generalidad de la
    gente al conde de Bismark.
    El Canciller del Imperio no ha sabido pararse a tiempo. Si hubiese tratado en
    Ferrierres la Alemania sería más fuerte sin la Alsacia ni la Lorena. Pero el
    conde prusiano ha humillado, empobrecido y envilecido a tal punto la Francia,
    que temo tengamos una guerra nueva en que los prusianos vencerán sin gloria
    y alarmarán a todo el mundo, pero eso no será lo peor para la Prusia, sino que
    los alemanes principiarán a creer que vivían más felices cuando vencían
    menos y el imperio alemán se deshará solito, en lo que nadie perderá nada. En
    cuanto a la Francia, como se lo escribí a Ud. desde Burdeos, la petit presse ha
    convertido, la fausse grande nation, en una verdadera petit nation y quiera Dios
    que jamás los franceses vuelvan a tener el influjo que tuvieron en los primeros
    años del Imperio.
    No se quién pudo decir a Ud. que yo simpatizaba con los Insurgés de París.
    Sea quien fuere tenía razón.
    La idea comunalista es la descentralización. Es generalizar la vida moral que
    sólo existe en París en donde el gobierno de Napoleón o Thiers la centralizan
    para dominarla. La idea comunalista hace imposibles las revoluciones
    principiadas y concluidas en tres días. Los golpes de Estado, que sólo tienen
    éxito cuando una sola ciudad piensa. Desgraciadamente los comunalistas
    franceses no supieron usar las armas que tenían entre manos. Los muy pocos
    que sabían lo que querían se dejaron dominar por una chusma estúpida que se
    empeñó en imitar 93. La más estúpida de las revoluciones. En los últimos días
    decapitaron con sus matanzas mezquinas y sus inútiles incendios, la única
    forma administrativa que hubiese podido salvar la Francia, o más bien volver la
    vida al Lázaro que Napoleón dejó muerto y nadie podrá salvar, pero ya van 4
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    carillas y estará Ud. más cansado de leerme que yo de escribirle. Creo poder
    decirle a Ud. hasta luego, pues a veces tengo ganas de ir a darle un vistazo a
    esa tierra, pero se me hace cuesta arriba ir allá sin objeto puesto que ya no
    puedo comprar las tierras de Malargüe.
    Su amigo
    Santiago Arcos
    Cuando quiera Ud. escribirme para que las cartas lleguen pronto y
    seguramente, ponga Ud. “care of Mr. Baring Brothers, London”.
    M.H.S. N° 1.332 Carpeta 10
    Burdeos, 3 de noviembre
    Mi querido Sarmiento
    Hace hoy ocho días puse su nombre en una lista que me pidieron para mandar
    las esquelas de luto. No debe Ud. haber recibido nada pues recién hoy me
    dicen que debo hacer una nueva lista para las esquelas que deben mandarse
    fuera de Francia. He dicho que no las manden y me siento a escribirle. Ud. no
    puede imaginar lo que he perdido. La pobre Nina era mi querida, mi mujer, mi
    hija. La pobrecita tenía recién veinticuatro años cuando murió, era la madre
    más cariñosa de mi hijo, era mi consuelo y mi orgullo, mi actividad, mi vida.
    Con ella se ha ido todo eso, y ahora no sé lo que haré, sin ambición, sin
    deseos. Sigo aquí educando a mi hijo que es el único compañero que me
    queda.
    Si Bossi a quien mando esta carta puede entregársela él le dirá que todos
    hemos perdido algo con la muerte de mi buen ángel. Yo, Santiaguito, Ud., él,
    todos los que la conocieron y todos a quienes ella hubiese conocido.
    Adiós, mi buen amigo, es dura la vida cuando desaparecen las afecciones y los
    deberes que hay que cumplir. Adiós.
    Si Ud. me escribe, dirija su carta a Burdeos 49 cours de Tourny
    Su amigo
    Santiago Arcos
    M.H.S. N| 1.333 Carpeta 10
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    París, septiembre 10 de 1874
    Mi bueno y muy querido amigo viejo
    No puede Ud. imaginar con cuánto gusto miré esas pocas palabras escritas al
    pie del plano del parque central de Palermo.
    Esas letras tan claras, tan honradas, que pintan tan bien a mi Sarmiento de
    siempre, me enternecieron recordándome tiempos que ya no volverán para mí:
    pues hoy, al contestar sus dos renglones, creo que le escribo mi despedida.
    Estoy muy enfermo, tengo pocas probabilidades y pocas ganas de sanar.
    Emprenderé mi viaje largo sin inquietud.
    Mi hijo, educado ya, parece hombre de juicio y provecho. Queda en posición
    excepcionalmente buena, muy bien relacionado aquí. Tiene como pintor
    bastante mérito para que sus estudios artísticos le sirvan de ocupación y para
    que giren sus ambiciones en un buen círculo. Por otra parte queda con una
    fortuna considerable. Y sin zozobras por los que quiero, me marcharé sin pena,
    puesto que la salud nunca vuelve por completo a los que sufren de una
    afección cancerosa.
    Gracias querido Sarmiento por su recuerdo. Nunca he recibido regalo que más
    me halague. Voy a dar su autógrafo a Santiago para que lo guarde como mi
    mejor condecoración.
    Dios dé a Ud. salud firme para que pueda Ud. ver desarrollarse su obra. ¿Sabe
    Ud. lo que yo llamo su obra? Voy a contárselo. Hace un mes hablaba, con un
    antiguo gobernador de Mauricio, del Río de la Plata y preguntándome el buen
    inglés ¿qué había hecho el presidente Sarmiento? Le contesté “ha hecho cien
    mil ciudadanos que a su vez harán quinientos mil”. Ya ve Ud. que yo también
    puedo firmarme su amigo inalterable.
    Santiago Arcos
    M.H.S. N° 1.333 bis Carpeta 10
    Santiago Arcos
    (Tribuna, 31 de octubre de 1874)
    Dícese que por cartas se sabe que este desgraciado americano se ha
    suicidado en París. La que había dirigido al presidente, su amigo, y que se nos
    permite publicar, es del 10 de setiembre, de manera que ha debido ser la última
    quizá que escribió. En ella se despide de su viejo compañero de viajes y amigo,
    presintiendo, a causa del carácter de su enfermedad incurable, que está en
    camino de dejar este mundo.
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    ¡Nada más triste ni más tierno que el contenido de esta carta! Una dedicación
    que el ex presidente le ponía al pie del plano del Parque de Palermo, había
    despertado, como de sobresalto, en su alma toda la afección que tuvo siempre
    por hombre que, con diverso carácter que el suyo, había conocido en la vida
    privada, en la comunidad de simpatías, privaciones y goces de los viajes; pues
    recorrieron juntos los Estados Unidos y los Estados de la costa del Pacífico,
    viviendo en la intimidad en Chile, no obstante militar en partidos opuestos,
    hasta reunirse en la República Argentina, en la que Arcos asistió a la batalla de
    Caseros.
    Vendría mal recordar con motivo de haber puesto fin a sus días, la interminable
    historia de los incidentes chistosos que provocaba Arcos desde que despertaba
    por la mañana hasta que el sueño lo sorprendía riendo. Afectaba, como una
    manía de Rigoletto, una frivolidad y falta de sentimientos que contrastaban con
    sus hábitos estudiosos y el afecto entrañable llevado hasta el sacrificio, en
    favor de sus amigos y de sus hijos. Al que ha conservado y deja bien educado
    y rico, lo cargaba ya grandecito sobre sus hombros a horcadillas, por quince
    cuadras una vez, para ahorrarle la fatiga y con tan preciosa carga se entregaba
    a la irresistible propensión de su carácter de reír y ridiculizar todo lo que caía
    bajo el escalpelo de su fantasía cómica.
    Una de las lecciones diarias, desempeñada por su parte con puntualidad, era
    contarle cuentos; y como el repertorio no era abundante, tenía que fraguarlos a
    vista y paciencia del neófito, que descubrió bien pronto la falsificación y a su
    turno llamaba a su padre y compañero a contarle cuentos inventados por el
    chicuelo. Entonces Arcos se sentaba en cuclillas a oír con la boca abierta las
    invenciones de aquella imaginación infantil, mostrando su terror, su alegría, sus
    simpatías o su odio contra el héroe del cuento inventado, ayudando al narrador,
    por debajo de cuerda, con alguna sugestión, cuando se enredaba en las
    cuartas y no sabía por dónde salir del atajo. Enrique IV no era padre más
    bonachón que el insensible Arcos.
    Faltóle una patria para dar a su espíritu y a sus ideas pasto y campo de acción.
    Nacido en Chile, educado en Inglaterra, joven en España, residente en París,
    viajero en América, en todas partes siguiendo el movimiento político, con
    principios ultras, que modificó un poco en su contacto con el señor Sarmiento,
    liberal conservador siempre y adverso a las doctrinas que salen del camino
    trillado e histórico, nunca encontró donde hacer pie y radicar su acción, lo que
    es indispensable para la vida pública.
    Era hijo y hermano de banqueros y a causa de su carácter romancesco y de
    sus ideas políticas, vivió en continuo desacuerdo con ellos y tenido casi en
    tutela en cuanto a gastos, por no preocuparse mucho del interés del dinero.
    Alguna vez, lamentándose de ser tenido por el hijo pródigo de la casa,
    recordaba que había hecho venir a Chile a su padre y hermanos y dándoles
    con eso ocasión de acrecer la fortuna común. Después, hallándose en
    California, hizo ir a su hermano don Domingo, que realizó por algún tiempo un
    quince por ciento mensual sobre el capital de una casa de banco; y como de
    ordinario se le asignaba una pensión para entregarse a sus instintos de
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    movilidad de acción, protestaba que él, como los demás miembros de la
    familia, había contribuido a la prosperidad de los negocios.
    Estos y otros contratiempos de su vida los recordaba sin amargura, haciendo
    objeto de broma la injusticia de que se creía víctima. Echándole en cara su
    padre, el viejo más positivo y esterlino que haya, su conducta revolucionaria en
    Chile (el banquero proveía fusiles): —¡Qué quiere usted, padre; tengo cojo el
    juicio!; y esto dicho con una cara de compunción que hacía volverse al otro
    lado al del sermón, por no soltar la risa ante penitente tan arrepentido.
    Habría sido un escritor de viajes si hubiera llevado apuntes de sus correrías.
    Fue el primero en penetrar en el Paraguay, luego de la muerte del doctor
    Francia, encontrando a aquel pueblo secuestrado por espacio de medio siglo
    del contacto con el mundo. ¡Qué escena para un Livingston! Puede reducirse a
    una broma graciosísima, acaso inventada por él, la impresión que debía
    causarle un hombre que había estado en todas partes. “Con que, mi don
    Santiago —le decía un sabio de entonces, con asombro—, ¡ha estado usted en
    un Londres! —Sí, señor; y en un París. —Sí, señor; y en un Madrid y en un
    Buenos Aires. —Sí, señor. Todo río abajo. ¡Eh!...”
    “Como no conocían entonces —añadía Arcos como comentario— más que el
    Río de la Plata, creían que Londres, París, Madrid, estaban a orillas del río,
    más abajo de Buenos Aires.”
    Fue de los primeros en acudir a California, cuando el descubrimiento del oro
    atrajo la atención sobre aquellas comarcas. Acertó a encontrarse a bordo de un
    buque con un argentino, fanático admirador del señor Sarmiento, su amigo, y
    para dar curso a su espíritu travieso poníale todas las tachas imaginables al
    héroe, para hacer desesperar al entusiasta. Cuando ya no podían verse por el
    odio que tanta contradicción inspiraba y estaba agotado el asunto, lo llamó un
    día a que leyese ciertas cartas de la República Argentina, en que se hablaba
    de Sarmiento, y el otro, leyéndolas con desconfianza, temiendo un nuevo
    ataque, encontró que eran de puño y letra del que motivaba la discordia,
    dirigidas a su detractor Arcos y respirando los sentimientos de la más cordial
    amistad.
    Lo que hay de singular en esta historia es que Arcos ha muerto pronunciando
    el nombre de su amigo, y aquel admirador entusiasta cambió más tarde de
    objeto de su culto y durante su presidencia halo contado entre sus más
    calurosos adversarios!
    ¡Pobre humanidad!
    Emprendió Arcos su viaje al sur de Mendoza hasta el Río Grande, que es el
    Colorado en su embocadura, de que no ha dejado sino relaciones orales. Era
    ingeniero, dibujaba con soltura y gustaba de levantar cartas geográficas.
    Últimamente, hace tres años, emprendió con su hijito, en vía de recreación, un
    viaje por los Pirineos, a caballo ambos, como su viaje en América, gozando así
    de la ventaja de recorrer montañas escarpadas, visitar aldeas y caseríos
    recónditos y enseñar a su hijo a viajar sin el auxilio de diligencias y hoteles, que
    quitan a la excursión todo color local y a las fatigas el incentivo de la novedad.
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    Encontró en esta excursión gentes en extremo pobres y trabajadoras,
    ignorantes de todo lo que pasaba en las tierras bajas y como Don Quijote a los
    cabreros alrededor de la lumbre de pino resinoso, describíales las llanuras de
    la República Argentina, los ganados que en ellas pacían por millares y la
    facilidad con que los emigrantes adquirían tierra y hacían rápidas fortunas. Era
    de opinión que debía el gobierno argentino abrir un camino a la emigración de
    estas familias trabajadoras, morales y sencillas, que luchan toda su vida con
    una naturaleza ingrata y un suelo rebelde para arrancarle una miserable
    subsistencia.
    Los incidentes que siguieron a Cepeda estorbaron la realización de un viaje
    que tenía concertado con Sarmiento a las antiguas misiones jesuíticas
    colindantes con el Brasil, porque siempre sus viajes eran a los puntos poco
    franqueados, a los desiertos, entusiasmándolo las escenas solitarias de la
    naturaleza salvaje, las peripecias y peligros obviados en estas aventuras, y ya
    se concibe que el compañero de viaje se aprestaba a oír turbada la quietud de
    las selvas, con el buen reír del protagonista o algún chasco que le preparaba,
    para hacer menos tediosa la jornada.
    Tenía una predilección especial por la República Argentina, adonde trajo su
    familia con ánimo de establecerse y siguiendo las aguas de sus amigos
    Sarmiento y Mitre. No le fue agradecida la tierra, y en su campaña al lado del
    general vencido en Cepeda tuvo ocasión de experimentar contrariedades y
    repulsiones injustas y que provocaba su misma consagración al servicio del
    país, y que dejaron tristes recuerdos en su ánimo. Hubo de ser víctima de un
    complot abominable, urdido por la envidia y la malquerencia.
    Escribió en París y publicó a sus expensas, en grueso volumen, una historia de
    la República Argentina, de que han circulado pocos ejemplares aquí, y existirá
    acaso en poder del librero.
    Nuestra vida política y nuestros partidillos personales hacen que la prensa se
    ocupe poco de lo que no conduce directamente a hacer gobernador a Fulano y
    presidente al mismo que fue presidente o vice y el público ignora cuanto en
    libros, en viajes y en descripciones interesa al país y contribuiría a su mejora.
    Dícese que sinsabores domésticos y sociales han contribuido, tanto como su
    incurable enfermedad, a hacer desesperar de la vida, al hombre que había
    nacido con todas las dotes que pueden hacerla amena y agradable, sin
    escasearle los favores de la fortuna, los gustos literarios y artísticos y las
    conexiones más estrechas con toda clase de personas honorables y en alta
    posición, pues era conocido del emperador Napoleón III, sus viajes y su
    admirable familiaridad con el inglés y el francés, que hacía dudar a los
    nacionales a cuál de aquellas naciones pertenecía, lo ponían en frecuente
    contacto con viajeros, hombres de Estado y diplomáticos. Sabíase todas las
    historietas y bon mots que hacen reír a franceses, ingleses y españoles; había
    él atesorado en sus viajes por América una rica colección de ridiculeces y
    añadido otras de su propia invención y experiencia. Poseía la música como
    arte, a punto de acompañar a primera vista, durante quince días, a la prima
    donna Fortunata Tedesco a recorrer su inmenso repertorio, buscando las arias
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    más agradables o simpáticas al oído, y su afección por sus dos primeras
    esposas, muy dignas por cierto de ellas y el amor entrañable a su único hijo,
    habrían bastado para labrar la felicidad de cualquiera otro. ¡Cómo se enredan
    al fin los hilos de seda y oro de la trama de la vida, de manera que no haya otro
    remedio que cortarla y dejar su puesto en el mundo, y no tener otro epitafio que
    el recuerdo de un amigo antiguo, que penetró hasta el fondo de aquella alma
    impresionable, inquieta, ligera, burlesca y que puede dar testimonio sin
    embargo de que era la bondad personificada con la hidalguía y la generosidad
    del caballero, a más de los sentimientos del padre, de que su última carta da
    tan tierna e interesante muestra!
    Dice así la carta:
    París, setiembre 10 de 1874
    Mi bueno y muy querido amigo viejo:
    “No puede Ud. imaginar con cuánto gusto miré esas pocas palabras, escritas al
    pie del plano del Parque Central de Palermo.
    “Esas letras tan claras, tan honradas que pintan tan bien a mi Sarmiento de
    siempre, me enternecieron, recordándome tiempos que ya no volverán para mí;
    pues hoy, al contestar sus dos renglones, creo que le escribo mi despedida.
    “Estoy muy enfermo, tengo pocas probabilidades y pocas ganas de sanar.
    Emprenderé mi viaje largo sin inquietud.
    “Mi hijo educado ya —parece hombre de juicio y de provecho— queda en
    posición excepcionalmente buena, muy bien relacionado aquí —tiene como
    pintor bastante mérito, para que sus estudios artísticos le sirvan de
    ocupación— y para que giren sus ambiciones en un buen círculo y sin
    zozobras, por lo que quiero me marcharé sin pena, puesto que la salud nunca
    vuelve por completo a los que sufren de una afección cancerosa.
    “Gracias, querido Sarmiento, por su recuerdo: nunca he recibido regalo que
    más me halague. Voy a dar su autógrafo a Santiago, para que lo guarde como
    mi mejor condecoración.
    “Dios le dé a Ud. salud firme para que pueda ver desarrollarse su obra —
    ¿Sabe Ud. lo que yo llamo su obra? Voy a contárselo. Hace un mes que
    hablaba con un antiguo gobernador de Mauricio, sobre el Río de la Plata, y
    preguntándome el buen inglés ¿qué había hecho el presidente Sarmiento? Le
    contesté: —Ha hecho cien mil ciudadanos (las escuelas), que a su vez harán
    quinientos mil. Ya ve que yo también puedo firmarme su antiguo inalterable
    amigo.
    Santiago Arcos”
    Si era el canto del cisne, es a fe el más grato que se haya escapado de pecho
    humano al acercarse al borde de la tumba. Ni una queja, si hubo otras
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    concausas que lo precipitasen a más de la enfermedad. El trance que presiente
    es otro viaje más largo que el de California o el del Paraguay, o el de regreso a
    la América con su viejo amigo, a quien estrecha la mano y agradece como
    Eloísa a Abelardo un renglón que por accidente viene a despertar afecciones y
    recuerdos gratos, que sirven de bálsamo a sus dolores físicos y acaso morales,
    y le dan ocasión de legar a su hijo esta amistad, y al amigo darle cuenta de que
    deja sus cosas en orden, puesto que su hijo queda establecido, con profesión,
    relaciones y fortuna. Acaso aquella esperanza de que con su arte giren las
    ambiciones de su hijo en un buen círculo, es un cargo que se hace a sí mismo
    de que las suyas no supieron concretarse, por el cosmopolitismo de su
    existencia.
    De todos modos, fue feliz accidente el de aquellos renglones que tocaron la
    fibra de un pecho que va a dejar de latir luego, y le arrancaron armonías de un
    alma y un corazón sanos, ardiente el último para los afectos, recta la otra y
    tranquila para ver la tumba y poder echar atrás una mirada, que no ha visto
    sino un hijo feliz y un viejo amigo.
    Acaso el joven pintor envíe al objeto de este recuerdo su retrato y entonces la
    imagen de Arcos, con su ceño casi airado, precisamente porque está a punto
    de reventar de risa, venga a consolar en la vejez a su amigo, a darle la misma
    tranquilidad de ánimo para emprender el viaje largo; y si no deja bien
    establecido hijo tan bien educado como el suyo es porque pagó un tributo
    carísimo a una patria que faltó a Arcos, si bien le quedan los cien mil que éste
    cuenta, y le serán tenidos en cuenta, por los errores y flaquezas de la vida.
    Obras Completas de D. F. Sarmiento, Tomo XLV, págs. 324/331, Necrologías,
    Imprenta y Litografía “Mariano Moreno”, Corrientes 829, Buenos Aires, 1900.
    París, 24 de octubre de 1864
    Mi apreciado general
    Un señor habanero, don José L. Alfonso, hoy marqués de Montelo, me ha
    entregado un tomo de poesías que desea llegue a sus manos. El correo es el
    más puntual de los amigos, y es a quien lo confío para cumplir con los deseos
    del poeta.
    Por aquí nos llegan muchas y muy intrincadas noticias del Plata dicen que los
    brasileros quieren ayudar a Flores. Dicen que Lopecito, el del Paraguay,
    desenvaina la tajante espada. Dicen que usted se está quieto. Dicen que hay
    alianza entre blancos de Montevideo, el pobre don Justo, Lopecitos y los
    federales. Dicen que brasileros y unitarios tendrán que unirse para poder
    resistir a tanto empuje. Dicen, etc., etc.
    Yo no sé lo que saldrá de todo ello, pero como se lo escribí a usted en otra
    ocasión, Mitre, gobernador de Bs. As., era la unión de las catorce provincias y
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    Mitre, presidente de la República Argentina, debe ser la reincorporación del
    Paraguay. Yo no sé cómo lo hará usted, pero sé que usted debe hacerlo.
    Ya que este señor Alfonso me ha puesto en la obligación de escribirle le daré
    noticias mías.
    Vivo en París como el ratón en el queso; para ocuparme de algo, he escrito en
    francés, una cosa muy larga que he bautizado La Plata, Étude historique en
    que hablo de todo: de los Incas y de don Nuño Cabeza de Vaca, de los
    jesuitas, de los virreyes, de Saavedra y Pueyrredón y Moreno (y ya verá usted
    con qué descaro he robado en Belgrano) y de Artigas, Rosas, Quiroga, de
    Urquiza, de usted, de Francia de los López, etc. Mucho me temo que este
    Étude historique sea inferior a los chorizos y jamón que mandé a usted cuando
    me elevó a miembro del Instituto Histórico de Bs. As., pero ¿qué se puede
    hacer en París? Si hubiese permanecido en Junín, Payán y yo habríamos
    hecho queso, manteca, engordado chanchos, lo que es mejor que emporcar
    papel, pero he tenido mala suerte y nada bueno he podido hacer. Usted, mi
    querido amigo, incorpore al Paraguay, y nadie podrá decir otro tanto de usted.
    Para año nuevo le mandaré un ejemplar de mi libro.
    Su amigo
    Santiago Arcos
    Por si tiene algo que ordenar, rue du Chateau-des-fleurs, número 1. París.
    Correspondencia Literaria, Histórica y Política del general Bartolomé Mitre.
    Tomo II. Imprenta de Coni Hermanos. Buenos Aires, 1912, págs. 75 y 76.
    Buenos Aires, mayo 20 de 1865
    Señor D. Santiago Arcos
    Mi querido amigo
    Debo contestación a sus dos estimables del 24 de octubre del año pasado y 22
    del presente, a la que venía adjunta una interesante memoria sobre indios y
    fronteras.
    He estado esperando para contestarle que sus profecías tuviesen un comienzo
    de ejecución, y como esto ha sucedido, rompo mi silencio para decirle que ya
    no estoy quieto, que he vuelto a los galopes, las proclamas y la guerra, y que
    pronto espero escribirle una carta detallada desde la Asunción o si a usted le
    gusta más, desde las ruinas de Humaitá.
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    Los diarios le instruirán a usted de todo lo sucedido y de todo lo que vaya
    sucediendo. Por lo pronto, le digo todo con anunciarle que estoy en guerra con
    el Paraguay, que no dejaré las armas de la mano hasta derribar la dinastía
    López, que soy el generalísimo de mar y tierra de la triple alianza, realizada ya,
    y que habiendo levantado en peso a la República, incluso a nuestro amigo don
    Justo, dentro de quince días estaré sobre la frontera del Paraguay con un
    ejército de 25.000 argentinos, a que se reunirán 30.000 brasileros, que no sé si
    tendré paciencia de esperar a 5.000 orientales mandados por Flores, que no
    dudo lleguen a tiempo. Además el Brasil pone 25 buques de guerra y yo media
    docena.
    Lo demás vendrá con el tiempo, pues garantimos la independencia del
    Paraguay por cinco años, siendo ésta una de las condiciones de la alianza, que
    parece haber tomado el olor de sus pronósticos.
    Después de esto, sólo me falta que usted sea mi ingeniero en la campaña, para
    sacarme el plano de Humaitá, antes que desaparezca del haz de la tierra este
    Sebastopol de la China americana.
    Según se cree generalmente, el Paraguay pondrá de 40 a 50.000 hombres,
    que en un país tiranizado es lo que corresponde (armando a todo el mundo y
    trabajando las mujeres en los campos) a una población de 500 a 600.000
    almas, que es todo lo que puede tener el Paraguay, según lo demuestra
    claramente Moussy en su obra.
    He leído con interés su libro y Delfina lo ha leído todo, de punta a cabo, incluso
    los capítulos del Paraguay, aunque resentida de que no se haya usted
    acordado de enviarle un ejemplar para ella.
    Me trata usted en ese libro con la benevolencia y la discreción del amigo,
    haciéndome grande honor en parecer exagerado y haciendo resaltar con
    toques hábiles mi figura política y militar, por lo que le quedo profundamente
    agradecido.
    Lo que he extrañado en su libro es que sea más original y más animado
    cuando habla de lo que no ha visto; y que no apele a sus recuerdos y a sus
    impresiones personales cuando narra los sucesos de que ha sido actor. Así
    veo que en la campaña de Cepeda, por ejemplo, en vez de decir lo que sabía,
    ha extractado gran parte de la relación del “Anuario de Ambos Mundos” cuando
    tenía usted en su memoria materiales más ricos, más exactos y más llenos de
    novedad y verdad.
    Este libro suyo no tendrá el privilegio del de la “Contribución y la recaudación”,
    que le publiqué en Chile, que no tuvo más lector que yo, que corregí las
    pruebas. Ha sido leído por muchos y con placer, y en prueba de ello, yo le digo
    que hasta mi mujer lo ha leído.
    Lo felicito por su enlace, que espero lo colmará de la felicidad que usted
    merece. Póngame usted a los pies de su señora, rogándole me cuente en el
    número de sus admiradores y de sus amigos, aunque sin tener el honor de
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    conocerla, sino por la elección que usted ha hecho de ella, lo que me da una
    idea de su mérito y de sus calidades.
    Retribuyo su atención, dando a usted parte que mi hija Delfina realizó su enlace
    con nuestro amigo don Agustín Drago, con quien espero sea muy feliz.
    Bartolomé Mitre
    Archivo del Gral. Mitre. Correspondencia literaria. Años 1859-1881. Tomo XXI.
    Buenos Aires, Biblioteca de La Nación. 1912, págs. 154 a 156.
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    Índice
    1861, enero 10. Chivilcoy. De Santiago Arcos a Domingo F. Sarmiento
    1862, febrero 12. París. De Santiago Arcos a Domingo F. Sarmiento
    1862, agosto 22. París. De Santiago Arcos a Domingo F. Sarmiento
    1863, abril 23. París. De Santiago Arcos a Domingo F. Sarmiento
    1863, agosto 7. Biarritz. De Santiago Arcos a Domingo F. Sarmiento
    1864, enero 8. París. De Santiago Arcos a Domingo F. Sarmiento
    1864, enero 23. París. De Santiago Arcos a Domingo F. Sarmiento
    1864, junio 15. París. De Santiago Arcos a Domingo F Sarmiento
    1864, agosto 17. Badén Badén. De Santiago Arcos a Domingo F. Sarmiento
    1864, octubre 18. París. De Santiago Arcos a Domingo F. Sarmiento
    1865, enero 18. París. De la madre de Santiago Arcos, participando el enlace
    de su hijo
    1865, junio 16. París. De Santiago Arcos a Domingo F. Sarmiento
    1865, septiembre 24. Burdeos. De Santiago Arcos a Bartolomé Mitre
    1865, octubre 20. Burdeos. De Santiago Arcos a Domingo F. Sarmiento
    1866, febrero 1
    o
    . Burdeos. De Santiago Arcos a Domingo F. Sarmiento
    1866, agosto 20. Burdeos. De Santiago Arcos a Domingo F. Sarmiento
    1867, junio 30. Burdeos. De Santiago Arcos a Domingo F. Sarmiento
    1868, junio 31 (sic). París. De Santiago Arcos a Domingo F. Sarmiento
    1868, diciembre 8. Madrid. De Santiago Arcos a Domingo F. Sarmiento
    1869, septiembre 25. Buenos Aires. De Domingo F. Sarmiento a Santiago
    Arcos
    1870, julio 16. París. De Santiago Arcos a Domingo F. Sarmiento
    1870, octubre 6. Chateau de la Grave. De Santiago Arcos a Domingo F.
    Sarmiento
    1870, octubre 6. Chateau de la Grave. De Santiago Arcos a Domingo F.
    Sarmiento
    1871, julio 15. Londres. De Santiago Arcos a Domingo F. Sarmiento
    Noviembre 3. Burdeos. De Santiago Arcos a Domingo F. Sarmiento
    1874, septiembre 10. París. De Santiago Arcos a Domingo F. Sarmiento
    1874, octubre 31. Necrológica hecha por Domingo F. Sarmiento
    1864, octubre 24. París. De Santiago Arcos a Bartolomé Mitre
    1865, mayo 20. Buenos Aires. De Bartolomé Mitre a Santiago Arcos


    http://es.wikipedia.org/wiki/Santiago_Arcos
    http://enciclopedia.us.es/index.php/Santiago_Arcos

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